Atrás queda el recuerdo de aquellas procesiones de Semana Santa, rezos del Via Crucis,... en los que lo sobresaliente era, por una parte, "destacar el sufrimiento de Jesús Nazareno" y, por otra, "nuestra falta de sensibilidad a tanto dolor".
En el corazón de niño que entonces podía albergar me asaltaban dudas y certezas, preguntas angustiosas y también muchas lágrimas.
Me preguntaba "
cómo los adultos pueden ser tan crueles con alguien que no había hecho daño alguno", no acertaba a comprender tampoco "
cómo Jesús callaba y no hacía nada por salir de aquella situación, aquel callejón sin salida" ni tampoco cómo era posible que aquel Pilatos fuera tan cobarde de no usar su poder para dejar de condenar a un inocente".
Tenía la seguridad y certeza de que "yo no permitiría que eso le sucediera a nadie que estuviera cerca mío si de mí dependiera",... incluso me ponía a imaginar "
lo que podría hacer para evitar que le pasara eso a Jesús".
Mis dudas caminaban de acuerdo con lo que observaba en las maneras en que se presentaban aquellas vivencias de Jesús en sus últimos días antes de morir y resucitar: era concluir los rezos y las procesiones... y todo seguía igual que antes; aquellas muestras de fervor se quedaban en nada, tanto boato ¿para nada?. Mis 8, 9 10 años de edad no me daban para más.