Mensaje del Santo Padre León
XIV para la XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación (1 de
septiembre de 2026), 20.08.2026
Publicamos a continuación el
Mensaje del Santo Padre León XIV para la XI Jornada Mundial de Oración por el
Cuidado de la Creación, que se celebrará el martes 1 de septiembre de 2026,
sobre el tema: “Con sus espadas forjarán arado y podaderas con sus lanzas” (Is
2,4).
«Con sus espadas forjarán
arados y podaderas con sus lanzas»
(Is 2,4)
Queridos hermanos y hermanas:
Nuestro Señor Jesucristo vino
para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). Este regalo
de vida yace justo en el corazón de nuestra misión como discípulos y de nuestro
llamado común a construir una civilización del amor. Como podemos observar, en
esta Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, se nos invita
una vez más a contemplar el don de la vida y a apreciar la tierra que la
sustenta, ya que son modos tangibles de alabar a nuestro Creador.
Actualmente, estamos siendo
testigos de múltiples crisis y de un gran sufrimiento humano. Al mismo tiempo,
pareciera que la alteración del equilibrio armónico de la creación se está
acelerando. Estos fenómenos no están disociados; son una única apelación por la
sanación y la paz que brota de un mundo herido.
El Dios de la vida, revelado
en Jesucristo, ofrece una paz que el mundo no puede dar: «La paz les dejo, mi
paz les doy» (Jn 14,27). Esta paz no es ni superficial ni perecedera, mana
desde el perpetuo amor de Cristo y de su interés por cada persona humana.
Sin embargo, esta promesa de
paz contrasta notablemente con las realidades que vemos en muchas partes del
mundo. El profeta Isaías habló de una época en la que las naciones «con sus
espadas forjarán arados» (Is 2,4), transformando lo que destruye la vida en
aquello que la sostiene. Pero hoy, frecuentemente somos testigos de lo
contrario, mientras los esfuerzos se siguen centrando en la violencia y la
guerra.
La guerra deja heridas que se
extienden mucho más allá del campo de batalla. Cobra vidas, desintegra a las
familias y fuerza a millones de personas a abandonar sus hogares, aumentando el
miedo, la injusticia y la división (cf. Gaudium et spes,77-82). La guerra
además deja una destrucción social y ecológica que perdura por generaciones.
Más aún, la interacción entre conflictos armados y degradación ambiental a
menudo crea círculos viciosos que destruyen ecosistemas, contaminan recursos
esenciales, como el aire y el agua, y merman la seguridad de los alimentos. Esto
genera pobreza, desigualdad y nuevos conflictos sociales que pueden contribuir
al resurgimiento de conflictos futuros.
Aparte de esto, la guerra
crea lesiones que perjudican todo el entramado de la vida, dañando no sólo a
individuos y comunidades, sino a su amplia red de relaciones con la entera
familia humana, así como su armonía con la creación. Esto pone de manifiesto un
fracaso más profundo cuando se trata de vivir a imagen y semejanza de Dios, de
respetar la vida y de cuidar la tierra que se nos ha confiado. No es sólo un
fracaso político, sino también moral y espiritual. La guerra, arraigada en
deseos distorsionados y en el mal uso de la libertad y el poder humanos,
constituye un antitestimonio del Evangelio de la paz.
Las crisis mencionadas anteriormente
no sólo exigen responsabilidad sino también una conversión del corazón que
rinda frutos en una fidelidad más profunda a Dios, en el amor mutuo y en el
respeto por el don de la creación. De hecho, las discordias que presenciamos en
el mundo, como la violencia, la injusticia y el daño ecológico, no resultan
simplemente de estructuras o sistemas imperfectos; son el “síntoma de una
profunda dicotomía arraigada en la misma humanidad” (Gaudium et spes,10). En
efecto, el corazón humano resulta ser el lugar donde se llevan a cabo las más
duras batallas y donde se revela nuestra condición caída. No es sólo la sede de
las emociones, sino el centro de la persona —donde convergen la razón, los
deseos, la voluntad, y la conciencia—. Es aquí donde luchamos con nuestros
deseos contradictorios entre el amor y la indiferencia, la verdad y la ilusión,
la justicia y la injusticia (St 1,14-15). Los daños de la guerra y el deterioro
de la tierra están entonces profundamente vinculados con la condición del
corazón humano. Los conflictos que atormentan a la humanidad, de diversos
modos, son la expresión exterior de la discordia y división interiores. Cuando
el corazón está distorsionado, las relaciones sufren y las estructuras que
construimos comienzan a reflejar ese desorden.
El Papa Benedicto XVI nos
recordó que «los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han
extendido los desiertos interiores» (Homilía en el Solemne Inicio del Ministerio Petrino, 24 abril 2005). Esto nos llama a reconocer que lo que está
arruinado en nuestro entorno, de alguna manera también lo está dentro de
nosotros. Para construir una sociedad pacífica, debemos entonces no sólo
reformar estructuras, sino renovar nuestros corazones. Las causas subyacentes
del conflicto y la explotación de la creación provienen de una crisis ética y
cultural, así como de una pérdida del sentido de los límites, del deseo de
dominación, de la búsqueda del beneficio inmediato y de la incapacidad de
reconocer la dignidad dada por Dios a cada persona humana.
El adagio profético «con sus
espadas forjarán arados» (Is 2,4) no es entonces sólo una visión que atañe a
las naciones, sino una llamada a cada persona. Nos invita a transformar la
herida en vida. Sin embargo, esta transformación no puede ser llevada a cabo
por medio de un simple cambio externo, sino que requiere, a través de nuestra
cooperación con la gracia de Dios, de una conversión personal y colectiva más
profunda —un regreso a Dios, que reordene nuestros deseos, sane nuestras
heridas y nos ayude a crecer en la virtud—.

Con la ausencia de esta
transformación interior, la paz permanecerá frágil y será efímera. Pero donde
los corazones se renuevan, comienzan a abrirse nuevas posibilidades. Lo que ha
sido utilizado para la destrucción puede ser redirigido hacia la vida: al
cuidado de los pobres, al sustento alimentario de los hambrientos y al cuidado
de la creación. Este es el camino de la auténtica conversión ecológica, donde
los efectos de nuestro encuentro con Jesucristo se hacen evidentes en nuestra relación
con el mundo que nos rodea (cf. Laudato si’,217). La paz entonces
comienza en nuestro corazón y se proyecta hacia nuestras relaciones, nuestras
comunidades y al mundo en su conjunto.
A pesar de que los desafíos
que tenemos por delante son enormes, Dios no nos deja sin los medios para sanar
y transformar. En vez de las armas bélicas, el Dios de la paz nos colma de
fuerza para sanar, para reconciliar y construir una civilización del amor. En
este sentido, estamos llamados al cuidado de los múltiples “ecosistemas” que
nos han sido confiados: los ecosistemas de la creación, de las relaciones
humanas y los del propio corazón humano.
Imaginémonos un mundo en el
que los esfuerzos que actualmente se invierten en la guerra fueran dirigidos al
desarrollo humano integral, al combate de la pobreza, a la protección de la
dignidad humana y a la reconciliación de la gente que está dividida. Un
panorama así refleja la fe en la venida del Reino de Dios.
Los auténticos instrumentos
para la construcción de la paz no son las armas destructivas, al contrario, lo
son la verdad, el diálogo, la paciencia, la bondad, la justicia, la
misericordia, la comprensión, el cuidado y el amor. Estos instrumentos brotan
de los corazones formados por el Evangelio y sostenidos por la gracia de Dios.
Sólo estas cualidades poseen el poder de transformar individuos, renovar
comunidades y sanar las heridas de nuestro mundo.
Queridos hermanos y hermanas,
es claro el camino que tenemos por delante, aunque no sea fácil. Estamos llamados
a dejar que nuestros corazones sean renovados, de tal manera que favorezcamos
la paz y el cuidado de la creación. La Sagrada Escritura nos dice que vigilemos
nuestro corazón, porque todo lo que hacemos brota de él (cf. Pr 4,23).
Si asumimos esta tarea con
humildad y fe, nos volveremos colaboradores en la obra renovadora de Dios.
Avanzaremos despacio pero firmes, desde el desierto hacia el jardín, de la
división a la comunión y de la violencia a la paz.
Que el Señor nos conceda la
valentía para recorrer esta senda, para que en nuestro tiempo, con las espadas
realmente se forjen arados, que la promesa del Evangelio se arraigue en nuestro
mundo y que la paz de Cristo reine sobre toda la creación.
Vaticano, 15 de agosto de
2026, Asunción de la Santísima Virgen María.
LEÓN PP. XIV
Artículo original: https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2026/08/20/260820b.html