Tomamos este artículo de Susana F. Marimón, publicado en EL MUNDO el 14 de mayo de 2026 con la intención de hacernos eco y reforzar el mensaje que esta periodista transmite a través de la entrevista publicada.Susana F. Marimón Madrid
Artículo original: https://www.elmundo.es/papel/historias/2026/05/14/6a060bcce4d4d84f338b45a0.html?utm_source=firefox-newtab-es-es
Cuando la
vocación llama a la puerta, lo hace a golpe fuerte. No vaya a ser que la pases
por alto. A Paul Rosolie le bastó una sola visita al corazón del Amazonas para
que eso que llaman vocación lo engullera por completo. ¿Y qué hizo? El gran
trueque de su vida: cambió el confort de Nueva York por la incertidumbre de la
jungla. El asfalto por árboles milenarios. Los coches por lianas. Un apartamento
por una cabaña suspendida en la copa de un árbol.
Con
apenas 18 años, el neoyorquino dejó atrás la vida urbanita sin imaginar que,
años después, parte de su rutina consistiría en esquivar a narcotraficantes con
intención de matarlo. La meta, sin embargo, siempre fue la misma: salvar el
Amazonas. El cómo ya lo descubriría más tarde. Hoy, junto a comunidades
indígenas, lidera JungleKeepers, la organización que ya ha protegido más de
60.000 hectáreas de selva amazónica. Lo que entonces tampoco sabía era que
defender el pulmón del planeta podía costarle la vida.
Rosolie
es algo así como un Tarzán del siglo XXI. Del Amazonas, claro. Pero con una
causa que lo acerca más a Robin Hood que al héroe selvático: proteger la selva
de quienes la saquean. Su misión es sencilla de explicar y casi imposible de
ejecutar: salvar el Amazonas. Sus enemigos, en cambio, son muy reales: mineros
ilegales, narcotraficantes, grandes corporaciones. Y, por supuesto, como la
ironía manda, el propio siglo XXI y todo lo que ello conlleva.
La
organización que dirige, JungleKeepers, compra concesiones y derechos
territoriales para convertir zonas amenazadas por la tala y la minería en áreas
protegidas. Junto a comunidades indígenas del río Las Piedras, han creado un
corredor continuo de selva que conecta distintas reservas y actúa como una
barrera frente a la deforestación, las carreteras y la actividad ilegal. Los
propios habitantes locales trabajan como guardabosques para patrullar y
proteger el territorio.
El
investigador que propone que los ríos tienen vida propia: "Nuestra
cultura, historia y lenguaje han sido moldeados por ríos".Por
vocación, voluntad y por lo que conlleva su trabajo, Rosolie pasa más tiempo en
la selva que en la ciudad. En los últimos cinco años ha dormido más noches bajo
las estrellas que bajo techo. Busca anacondas gigantes por pura diversión y lo
de los narcos… «Da miedo, sí, pero son gajes del oficio», cuenta desde su natal
Nueva York. Captura y comparte sus hazañas y vivencias en redes sociales,
acercando así su labor a millones de personas.
Retrocedamos.
Llega al Amazonas con 18 años. Sin ningún tipo de plan ni intenciones de
quedarse para siempre. ¿Qué pasa cuándo llega?.
Fui al Amazonas porque quería comprobar si
era cierto lo que decían sobre la deforestación. Me planté allí con una cámara,
poco más. Allí conocí a Juan José (JJ), un naturalista indígena que tenía
formación en ciencia occidental y, por suerte, hablaba inglés. Lo aprendí todo
de él. Me contó que había crecido en una comunidad indígena, que no tuvo zapatos
hasta los 13 años. También me contó que estaba intentando proteger un río
salvaje. JJ vivió el cambio, la muerte lenta de la selva en primera persona. Me
contó que de niño veía monos, jaguares, aves por todas partes… pero en 20 años
mucho o casi todo había desaparecido. Árboles talados, animales muertos o que
huían…
Por eso,
JJ, el que más tarde se convertiría en socio, amigo y mano derecha de Rosolie,
decidió buscar un lugar completamente virgen para proteger el bosque primario.
Así que JJ conoce a Paul y el resto es historia. «Recuerdo mi primera vez en el
Amazonas. La cantidad de vida que había era abrumadora. Por la noche no podías
hablar sin gritar por el ruido de ranas e insectos. Ese mundo del que tanto me
habían hablado era real: hormigas cortadoras de hojas, jaguares, anacondas
gigantes. Era Avatar en la vida real. No podía creer que ese mundo existiera»
cuenta.
Pronto,
esa abundancia perdería su color. La destrucción de la selva era una evidencia
que se hacía demasiado latente para el neoyorquino. «Un día le dije a JJ:
‘Tenemos que llamar a alguien’. Él miró río arriba y río abajo y me dijo: ‘¿Ves
a alguien más?’».Hoy,
Rosolie y JJ dirigen una organización gigantesca, gestionan millones de
dólares, ayudan a cientos de personas y protegen miles de hectáreas. «Antes era
aventura, ahora es una responsabilidad», dice. Su día a día se ha convertido en
algo así como un todo o nada constante. «Cada día es distinto. A veces
patrullamos el río en barca, otras veces trabajamos en tierra. Todo ocurre en
plena selva, sin conexión con el exterior. No hay electricidad; usamos Starlink
para comunicarnos». Y, a veces, toparse con alguna que otra ingrata sorpresa
es… bueno, de esperar. Desde taladores ilegales a pescadores. De mineros
ilegales a narcos.
¿Es
peligroso toparse con ellos?.
Muchísimo. La mayoría están armados y saben
que están haciendo algo ilegal. Nuestros guardabosques deben actuar con mucho
cuidado. Algunos son ex militares o ex policías y algunos simplemente son
personas que intentan ganarse la vida. Pero otros forman parte de cárteles de
narcotráfico que talan y queman la selva para plantar coca. Esos disparan
primero. Hemos recibido amenazas.
¿Cómo de
graves?.
De muerte. El otro día encontramos mensajes
de WhatsApp en teléfonos confiscados. Decían: «Si veis a Paul o JJ, matadlos».
Hace unos meses, un grupo de narcos paró una furgoneta en la que se suponía que
íbamos JJ y yo con intención de matarnos. Y no hace tanto nos persiguieron en
lancha por el río. Tuvimos mucha suerte de poder escapar.
Cada año,
en el Amazonas mueren más de 100 defensores ambientales, explica Rosolie. Así
que, con el tiempo, temer por su vida ha pasado a ser su segunda naturaleza.
«Lo más peligroso de la selva sin duda, son los humanos. Los animales no te
persiguen. Un jaguar no te va a matar. Los narcos sí. Es aterrador», cuenta.Y sigue:
«En la selva he estado a punto de morir muchas veces por accidentes –por caer
al río, por capturar una anaconda–, pero es muy distinto cuando hay personas
con armas que van a por ti». Cuando Rosolie habla de los habitantes de su
Amazonas, habla de latidos. Se estima que más de 200.000 personas habitan en la
zona de Madre de Dios, en Perú, donde opera JungleKeepers. Quizá por eso, un
pilar central del esfuerzo de Rosolie y su equipo se centra en la gente. Y si
despuntan por algo, es por dar segundas oportunidades. «Una parte fundamental
de nuestro trabajo es que conseguimos que taladores pasen a trabajar para
nosotros como guardabosques», explica. «Vamos a los campamentos, nos sentamos
con ellos. Les ofrecemos un trabajo mejor; más digno, mejor pagado, con mejores
condiciones. Es uno de los ejes fundamentales de la organización».
¿Cómo ha
cambiado tu visión sobre estas personas?.
Al principio pensábamos que eran el
enemigo, luego te das cuenta de que la mayoría no lo son. Son personas muy
pobres que hacen un trabajo duro, peligroso y mal pagado. Las grandes empresas
–muchas de ellas extranjeras– compran madera u oro, pero estos trabajadores
solo intentan sobrevivir.
Muchas de
estas corporaciones operan a través de sociedades locales para explotar
recursos sin llamar la atención. Pero el Amazonas se enfrenta a mil y una
amenazas a la vez: minería ilegal que envenena ríos con mercurio, tala que
arrasa árboles milenarios y mafias, narcos y redes criminales que han
convertido la selva en un territorio sin ley. Durante siglos, el propio bosque
se protegió del fuego gracias a su humedad. La selva generaba su propia lluvia.
Respiraba agua. Pero la deforestación ha roto ese equilibrio: cada árbol talado
significa menos sombra, menos humedad y una selva cada vez más seca y
vulnerable.
El bosque
empieza a secarse desde dentro. Y cuando la selva pierde humedad, el fuego
encuentra por fin una puerta de entrada. Por eso los incendios que arrasaron el
Amazonas en 2014, 2019 y 2024, son la consecuencia directa de la deforestación:
«Enfrentarse a eso es muy duro, pero tenemos que documentarlo y compartirlo.
Las imágenes se quedan contigo: jaguares quemados, crías intentando escapar del
fuego... No tienen a dónde ir. Con las zonas deforestadas pasa igual: ver
árboles de más de mil años derribados y toda la vida que dependía de ellos
destruida. Es profundamente perturbador. Estamos matando la vida en la Tierra».
¿Cómo
defines el éxito en la conservación?.
Para nosotros es proteger el río. Hemos
alcanzado 160.000 acres [60.700 hectáreas], pero necesitamos llegar a 300.000 [
121.400 hectáreas] en el próximo año y medio. Si no lo conseguimos, carreteras,
narcotraficantes y taladores destruirán el bosque. Sabemos que es posible pero
necesitamos financiación. Si lo logramos, habremos protegido una zona clave del
planeta y podremos replicar ese modelo en otros lugares.
Allá
donde trabaja Rosolie, con las comunidades indígenas Mashco Piro, dicen que el
neoyorquino tiene «piel de gringo, corazón de nativo». Para Rosolie, un
cumplido monumental. ¿A quién le sorprendería? Después de 20 años viviendo por
y para la selva, Rosolie se siente como uno más. «Me ven como un gringo tonto»,
ríe. «Pero no demasiado. Conozco los sonidos, los árboles los pájaros, incluso
diferencio y conozco a cada cocodrilo del río. Me siento mucho más forastero en
Nueva York».
Relata un
episodio en el que salvó a un mono araña de ahogarse en el río, comunicándose
con él imitando los sonidos propios del animal: «Fue apasionante». Uno de los
episodios más surrealistas que ha vivido Rosolie ocurrió hace apenas unos años,
cuando tuvo un inesperado encontronazo con una tribu no contactada.
«Ellos se
comunicaron con nosotros, pedían comida», explica. El encuentro tuvo lugar en
una zona remota del territorio que protege JungleKeepers, habitada por
comunidades indígenas que viven completamente aisladas del mundo moderno. «Es
una interacción muy compleja. Son personas que llevan muchísimo tiempo viviendo
aisladas; algunos dicen cientos de años, otros miles. Tienen un estilo de vida
extremadamente primitivo y nómada: usan arcos, flechas, no llevan ropa».
Rosolie habla del momento con una mezcla de fascinación y cautela. En cierto
modo, proteger la selva también implica proteger a quienes aún viven dentro de
ella como hace siglos. «Ahora mismo viven en parte del territorio que
protegemos y no conocen el mundo exterior. Además de proteger animales, estamos
protegiendo una cultura indígena ancestral que no ha oído hablar de cosas como
el iPhone, Jesús o la Segunda Guerra Mundial».
¿Qué se
siente al estar cerca de estas personas?.
Es como una máquina del tiempo. Estás
viendo cómo vivían los humanos hace 10.000 años. A un lado del río estamos
nosotros, con ropa moderna y cámaras, hablando un idioma común. Al otro hay un
grupo de personas desnudas que nunca han visto una cuchara. Intentamos
explicarles que estamos allí para ayudar, pero es muy difícil.
¿Cuál es
la mayor idea errónea que se tiene de ellos?,
Que viven en armonía con la naturaleza, que
son libres y felices. Hay violencia, hay conflictos, hay altas tasas de
mortalidad infantil. La gente los idealiza como algo noble. Si intentas
acercarte a ellos... probablemente te maten.
En plena
Amazonía, JungleKeepers ha construido la casa del árbol más alta del mundo, un
refugio ecológico desde el que impulsan un modelo de ecoturismo. Quienes
trabajan allí, desde cocineros o mecánicos a guías fueron, érase una vez,
taladores o mineros ilegales. Hoy son ellos quienes patrullan, cuidan y
defienden el bosque.
Susana F. Marimón Madrid
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