La situación que se vive en Ceuta desde hace unas semanas no es simple, es muy compleja y las soluciones a esa situación no pueden ser por lo tanto tan simples como algunas fuerzas políticas exponen: "expulsión de todos los que entraron ilegalmente en la ciudad, devolver a todos los menores,..." cuando saben sobradamente que existen unos reglamentos internaciones que impiden esas acciones y tampoco se dan las condiciones para que esas devoluciones puedan darse con garantías para las propias personas deportadas.Desde nuestro parecer el apoyo a la ciudadanía ceutí, a su derecho a vivir con cierta normalidad y tranquilidad su día a día, expresado a través de las múltiples concentraciones en cientos de pueblos y ciudades españolas días pasados, estuvo bien y estará bien siempre mientras no se ideologice (ha habido casos en que algún grupo político trató de utilizar dichas concentraciones con fines partidistas y no por verdadera solidaridad con la población ceutí). Pero al mismo tiempo reivindicamos lo que debe ser primordial, el criterio esencial: la PERSONA. Es en las personas concretas tanto las naturales de Ceuta como las que entraron masivamente hace unas semanas.
Nos hacemos, por lo tanto, eco de la siguiente reflexión que refleja bien a las claras... "otra manera de ver la misma realidad y de actuar en coherencia" con esa otra manera de ver.
Esto
también es Ceuta.
En uno de
los vídeos de estos días preguntaban a un joven migrante qué había desayunado.
Respondía que una señora de Ceuta les había llevado leche y galletas.
En El
Príncipe, a finales de agosto, más de doscientas niñas seguían alojadas en
instalaciones sostenidas por la asociación de vecinos. En La Reina ocurría algo
parecido. En Hadú, vecinos llevan semanas dando agua y comida, lavando ropa y
ayudando a quienes duermen junto a sus casas. En Sidi Embarek llegaron a
organizar turnos para proteger a mujeres y menores. En Los Rosales, una casa
particular terminó convertida, gracias también a voluntarias y donaciones del
barrio, en un pequeño centro de asistencia.
No son
precisamente los barrios ricos de Ceuta. Son barrios populares, atravesados por
el desempleo, las rentas bajas y décadas de desigualdad; barrios con una
presencia muy importante de población musulmana ceutí. Una parte de la Ceuta
trabajadora y periférica lleva semanas dando de comer, vistiendo y protegiendo
a quienes llegaron sin nada.
Sin, embargo,
entre los algoritmos de redes sociales y el sensacionalismo televisivo parece
que los "vecinos" de Ceuta sean solamente esa gente que destruye
campamentos improvisados de gente pobre o les impide el alimento.
Nada de
esto absuelve a los distintos gobiernos. Más bien al contrario.
Que
después de semanas sean asociaciones vecinales y particulares quienes sigan
resolviendo necesidades tan elementales demuestra hasta qué punto ha fallado la
respuesta institucional. Ante un incendio, una inundación o cualquier otra
emergencia de estas dimensiones se habilitan pabellones, camas, duchas,
comedores y dispositivos extraordinarios. Aquí demasiadas cosas se han dejado
descansar sobre la improvisación y la solidaridad de quienes viven allí.
Y quizá
haya que decir algo más ahora que se utiliza tanto, y para cosas muy distintas,
aquello de que “solo el pueblo salva al pueblo”.
El pueblo
no es una abstracción.
Quienes
están ofreciendo comida, ropa, un colchón o una ducha pertenecen en muchos
casos a los mismos sectores populares sobre los que pesan el paro, los salarios
bajos y la precariedad. Y quienes han llegado a Ceuta tampoco constituyen una
masa abstracta llamada “inmigrantes”. Son trabajadores desplazados por la
pobreza, la desigualdad o la ausencia de futuro.
Tal vez
por eso, en las situaciones de vulnerabilidad extrema, la clase trabajadora
reconoce con especial claridad a su propia clase.
Un muchacho tenía hambre.
Una mujer de Ceuta le llevó con naturalidad leche y galletas.
Esa también es Ceuta.