Ceuta vuelve a escribir su nombre con sal. Con la sal del mar y con la sal de las lágrimas.
Sesenta vidas confirmadas apagadas en la frontera no son una cifra; son sesenta universos hundidos en un Mediterráneo y un Atlántico convertidos, desde hace demasiado tiempo, en la mayor fosa común de Europa. Cada cuerpo perdido es una pregunta que golpea la conciencia de un continente que proclama los derechos humanos mientras levanta muros, externaliza fronteras y convierte la dignidad en un expediente administrativo.
Me uno al comunicado del Servicio Jesuita a Migrantes (https://sjme.org/2026/07/31/ante-la-situacion-en-ceuta/) que acierta al recordar que esta no es únicamente una crisis migratoria. Es una crisis política, moral y profundamente humana. Porque acierta al recordar que esta no es únicamente una crisis migratoria. Es una crisis política, moral y profundamente humana. Porque antes que migrantes son personas. Personas con nombre, con miedo, con hijos, con sueños, con la desesperación suficiente para desafiar al mar, al hambre y a las alambradas. Nadie abandona su tierra por capricho; se huye cuando quedarse significa dejar de vivir.
El lenguaje también mata cuando convierte a seres humanos en amenazas y simples estadísticas. La deshumanización siempre precede a la indiferencia, y la indiferencia termina legitimando la tragedia.
Europa parece haber olvidado que la civilización no se mide por la altura de sus vallas, sino por la profundidad de su compasión.
Ceuta nos interpela como un espejo incómodo.
- Segura: proteger la vida y la dignidad de las personas migrantes, evitando la trata, la explotación y las rutas peligrosas.
- Ordenada: gestionar los flujos migratorios mediante políticas públicas, cooperación internacional y respeto al bien común.
- Regular: favorecer vías legales de migración, respetando las leyes de los Estados y los derechos fundamentales de las personas.
Frente al odio, la dignidad. Frente al miedo, el derecho. Frente a la muerte, memoria y justicia. Porque cada persona ahogada nos recuerda el fracaso colectivo de unas políticas incapaces de poner la vida en el centro. Y porque ninguna razón de Estado, ningún cálculo diplomático y ninguna estrategia de control fronterizo pueden justificar que el mar siga siendo el cementerio de quienes solo buscaban un lugar donde vivir con dignidad. El verdadero naufragio no es el de sus pateras; es el de nuestra conciencia.
En la colonización africana vendimos a los naturales la superioridad y la
vida mejor de Europa. En la descolonización los más de los países quedaron en
manos de tiranos, algunos de ellos disfrazados de democracias formales.
Ahora, aparte de otras circunstancias, el tirano rabatí arroja a sus jóvenes al
mar y contra las alambradas, no por el bien de los jóvenes sino por sus mezquinos
intereses geoestratégicos, económicos... O crear cortinas de humo para que sus
súbditos no se percaten de que los gobierna un criminal que, incluso, usa su
lugar religioso para sus propios intereses.
Isabel Mayor Roda




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