Hace ya dos semanas tuve
ocasión de participar en un encuentro virtual en el cual Carlos Darío Palma Lema hizo una
exposición de lo que es o debe ser no sólo el primer peldaño de una escalera
sino una de las barras esenciales para el sostenimiento de todos los demás peldaños
que nos pueden llevar a la verdadera paz (la otra barra podría ser nuestra
unión con Aquel que da sentido a toda nuestra vida y la Comunidad de la cual
formamos parte).
Para quienes deseen conocer
el contenido completo de su exposición pinchen AQUÍ.
“Viviendo la paz”.
Carlos Palma habla de este
movimiento (“Living peace” en inglés) y de todo lo que tuvo que vivir para
entender “por dónde empezar a construir la paz”. Con el “dado de la paz” fue
dando cauce a la pregunta: “¿Qué puedo hacer para construir la paz?”.
Entre otras cosas dice: “la paz no es algo que nosotros
hacemos sino algo que vivimos”, “la paz comienza en el corazón cuando yo amo”, “puedo
vivir en un país pacífico y llevar la guerra dentro de mí”, “puedo tener la
guerra en mi familia, en mi trabajo, en mi clase,… y para desmontarla
necesitamos entrar en la raíz que es el corazón”, “hasta que el corazón humano
no esté en paz nunca va a ser capaz de crear relaciones de paz entre los seres
humanos y la naturaleza”.
Por eso “no hay que esperar a los demás, empecemos nosotros a vivir la paz,
pero con convicción”, porque si no estamos convencidos en los pequeños
gestos… de que con ellos generamos paz ¿qué nos hace pensar que habrá paz en el
mundo si no somos capaces de vivir la paz cada uno de nosotros desde dentro?.
Carlos Palma cuenta que
alguien le dijo: “Hay dos tipos de
personas en la humanidad: aquéllos que han descubierto al prójimo” y “aquéllos
que no lo descubren nunca” y entre ellos hay un abismo que los separa.
El culto al “YO” es tan grande que nos pasan
desapercibidos completamente los demás, el YO nos aferra al poder, al afán de
dominio sobre el otro,… no hay un “NOSOTROS”, llegamos a ser tan
individualistas que ya no nos interesa lo que esté viviendo incluso alguien de nuestra propia familia, un vecino o alguien de nuestro barrio; la polarización que vivimos
y percibimos constantemente en tantos ambientes (en redes sociales, en los
parlamentos, en los M.C.S.,…) no es sino fruto de esa afirmación individualista,
nuestro YO que nos hace enmimismados, y por supuesto no escuchamos lo que el
otro nos quiera decir, nos hace sordos y ciegos; hemos perdido la esperanza -como
uno más de los frutos de ese culto exacerbado del YO- porque si nos encerramos
en nosotros mismos llegamos a la muerte de nuestra propia identidad; somos
seres para la relación, no para vivir encerrados en nosotros mismos.
Todo está en el corazón, la PAZ también.
Desde los cimientos hasta el
techo.
Necesitamos un diálogo
interno en el que encontrarnos con nosotros mismos, un diálogo sincero,
valiente, honesto, capaz de reconocer nuestras incoherencias con nuestro
discurso teórico, saber reconocernos y perdonarnos a nosotros mismos… pues sólo
descubriendo y reconociendo los errores podremos subsanarlos, rectificar, reorientar nuestro
caminar.
Necesitamos un diálogo con Él…
pues sólo Él nos puede dar la PAZ perfecta, su paz, no como la da el mundo. y luego preguntarnos: “¿Qué puedo hacer para construir esa paz?”.
Necesitamos VIVIR esa paz con
los más cercanos, ser en el mundo la paz que queremos encontrar en él,
empezando por nuestra familia, nuestras relaciones con la pareja, con nuestros hijos, hermanos,
padres, abuelos,… sin que nadie quede al margen.
Hacer lo mismo en nuestros
ambientes laborales, en los de militancia eclesial, social o política,… dando
muestras en todos ellos de nuestra convicción de que es posible crear, tejer la
paz desde los pequeños gestos, como en la historia del colibrí o del que devolvía
estrellas de mar… al mar, una a una.
Y ya después, o mejor dicho: al mismo
tiempo, podremos reivindicar cambios estructurales que generen paz para todos,
paz universal que, por supuesto, son mucho más que la ausencia de guerras… pero
nunca olvidar que esa paz anida en nuestro corazón y si ella no está allí… todo
es vano, como vanos son todos nuestros esfuerzos si Él no construye la casa (Salmo 127,1).
Santi Catalán santi257@gmail.com