domingo, 20 de septiembre de 2026

“Dios te sueña mejor”: la Merced ante la condena de quedar reducido al pasado (II)

(Continuación de: “Dios te sueña mejor”: la Merced ante la condena de quedar reducido al pasado (I)).

La pastoral penitenciaria hoy.

Ahí se juega una parte esencial de la Pastoral Penitenciaria. Durante años hemos identificado su imagen con la Iglesia que entra en la prisión. Esa imagen es verdadera, pero resulta insuficiente. La pastoral también tiene que aprender a salir con la persona, porque quizá el momento más delicado no sea siempre aquel en que se cierra la puerta, sino aquel en que vuelve a abrirse. Fuera hay que encontrar vivienda, trabajo, relaciones sanas, recuperar documentos, reconstruir una familia o aceptar que algunos vínculos ya no serán los mismos. Hay que aprender a vivir otra vez sin la estructura que durante años reguló cada jornada.

Por eso pienso hoy la Pastoral Penitenciaria como una puerta sostenida desde ambos lados. Dentro, alguien trabaja para regresar de otra manera. Fuera, alguien tiene que estar dispuesto a que ese regreso no desemboque inmediatamente en el vacío. La imagen no tiene nada de ingenua. La persona que sale tiene que hacer su parte y nadie puede hacerla por ella. Pero tampoco deberíamos exigir procesos impecables de reinserción y después levantar todas las barreras cuando llega la hora de vivirlos en la realidad.

Otra escena del Evangelio ilumina precisamente este regreso. El hombre de Gerasa llevaba tanto tiempo separado de los suyos que su identidad había terminado confundida con aquello que lo atormentaba. Después de recuperarse, quiere quedarse junto a Jesús. Parece lógico. Sin embargo, Cristo lo devuelve a su casa: Vete a tu casa, con los tuyos (Mc 5,19). La curación no concluye apartándolo para siempre de la comunidad, sino enviándolo de nuevo hacia ella. Tiene que regresar al lugar ordinario de la vida, recuperar vínculos, reconstruir relaciones y aprender a habitar de otra manera el mundo del que había quedado separado.

Acompañamiento y escucha.

Hay en ese envío una verdadera teología de la reinserción. No basta con conseguir que alguien esté mejor dentro de un entorno protegido. El horizonte es regresar. Volver a vivir entre los demás sin quedar para siempre identificado con el lugar del que se viene. Recuperar un espacio en la comunidad y asumir en ella una responsabilidad nueva. El Evangelio no conserva al hombre de Gerasa como pieza de museo de una gran curación.

Lo devuelve a la vida.

La Iglesia debería saber hacer lo mismo. Acompañar dentro sin convertir la prisión en un universo separado y acompañar fuera sin crear dependencias. Ayudar a recuperar autonomía, responsabilidad, vínculos y capacidad para una vida ordinaria. En ese recorrido tiene especial importancia la colaboración entre las Instituciones Penitenciarias y la Pastoral Penitenciaria. Conviene decirlo sin grandilocuencia, pero también sin mezquindad. Esa colaboración hace posible una presencia de la Iglesia ordenada, responsable y respetuosa con las competencias de quienes sostienen diariamente una realidad humana extraordinariamente compleja.

Funcionarios, educadores, psicólogos, juristas, trabajadores sociales, sanitarios, equipos de tratamiento, capellanes y voluntarios ocupan responsabilidades distintas. La institución penitenciaria custodia, evalúa, trata y prepara procesos de reincorporación social. La Pastoral Penitenciaria aporta acompañamiento espiritual, escucha, celebración de la fe, comunidad y una mirada sobre el hombre que no se deja reducir a su expediente. Ninguna de esas tareas necesita invadir a las demás para ser valiosa. Al contrario, cuando existe respeto mutuo se comprende mejor que la persona privada de libertad no puede ser atendida desde una sola dimensión.

La persona por delante.

Los voluntarios y voluntarias conocen esa realidad con una intimidad que pocas veces aparece en los discursos. Su servicio está hecho de espera, constancia y nombres. Entran una semana y vuelven a la siguiente. Preguntan por una madre enferma, por un hijo, por una vista judicial, por una preocupación que alguien dejó a medias. Algunas conversaciones avanzan mucho y otras parecen quedarse exactamente donde estaban. Con el tiempo se aprende que acompañar no significa llenar todos los silencios ni convertir cada encuentro en una lección.

Hay una forma de caridad que consiste simplemente en permanecer de manera limpia, sin invadir la vida del otro. El voluntario descubre que detrás de la palabra “preso” hay un hombre que guarda un dibujo de su hijo hasta casi borrarlo en los pliegues; una mujer que intenta seguir siendo madre desde una distancia dolorosa; alguien que espera una visita durante semanas; quien vuelve a leer después de años o empieza a estudiar cuando nadie había confiado demasiado en su capacidad. Nada de esto hace de la cárcel un lugar amable. Solo impide que la condición penitenciaria devore a la persona.

San Juan Crisóstomo lo comprendió con una precisión extraordinaria al comentar el Evangelio de Mateo. Cristo no dice estuve en la cárcel y me liberasteis”, sino vinisteis a verme. Hay una sobriedad formidable en esa petición. El discípulo no siempre puede abrir puertas, cambiar sentencias o resolver una biografía. Puede, sin embargo, acercarse. Puede evitar que una persona quede abandonada detrás de una categoría. Puede sostener una presencia. Tal vez una parte sustancial del voluntariado penitenciario se explique exactamente ahí.

(CONTINUARÁ).

Artículo original: https://www.vidanuevadigital.com/tribuna/dios-suena-mejor-merced-condena-reducido-pasado/ 

PARA AMPLIAR:

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO:

  1. ¿Qué ideas destacarías de esta parte del artículo escrito por Don Fernando Redondo Benito?.
  2. Según lo que nos dice esta parte del artículo ¿cuáles deben ser nuestras principales tareas como miembros de la pastoral penitenciaria?.
  3. ¿Hay en nuestra pastoral un buen equilibrio entre las labores que realizamos dentro de la prisión y lo que hacemos fuera?, ¿en qué se evidencia ese equilibrio o desequilibrio?.
  4. ¿Qué podríamos hacer, emprender o mejorar para poder ayudar mejor a que una vez que las personas encarceladas salen fuera puedan recuperar plenamente sus vidas, sus relaciones y desde planteamientos nuevos, constructivos para ellos y sus entornos?. 

sábado, 19 de septiembre de 2026

Campaña a favor del TPAN

Queridas compañeras y compañeros.

El próximo martes 22 de septiembre, la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados debatirá y votará la Proposición no de Ley 161/001673 sobre la adhesión de España al Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN).

Es un momento especialmente importante para la Alianza y necesitamos toda la fuerza de las entidades que la formamos.

¿Qué se vota?.

La PNL, presentada por el Grupo Parlamentario Plurinacional SUMAR, plantea algo muy concreto: que el Congreso inste al Gobierno a iniciar el proceso para la adhesión de España al TPAN. Ese es literalmente el mandato que propone la iniciativa.

La votación no supone por sí misma la adhesión de España al Tratado, pero una aprobación supondría un pronunciamiento político del Congreso a favor de que el Gobierno dé ese paso.

¿Qué queremos conseguir desde la Alianza?.

Nuestro objetivo es que la PNL salga adelante y que ese respaldo parlamentario contribuya a acercarnos al objetivo final de la Alianza: que España firme el TPAN. La propia razón de ser de nuestra coalición es reunir fuerzas para conseguir que España se sume al Tratado y contribuya a avanzar hacia un mundo libre de armas nucleares.

Durante estos días estamos intensificando el trabajo de incidencia con los grupos parlamentarios y la comunicación pública en torno a la votación. Queremos que el 22 de septiembre quede claro que detrás de esta petición hay una coalición amplia y diversa de organizaciones de la sociedad civil.

Y ahí es donde nos necesitamos ahora con más empeño si cabe.

¿Por qué importa esta votación?.

Porque tenemos delante una oportunidad política concreta. La PNL abre una vía parlamentaria para situar la adhesión de España al TPAN en la agenda institucional y pedir formalmente al Gobierno que inicie el proceso.

La fuerza de la Alianza está precisamente en que somos muchas organizaciones trabajando juntas. Cuando hablamos colectivamente, nuestra voz representa a entidades procedentes de ámbitos muy distintos y multiplica nuestra capacidad para llegar a la ciudadanía y a las instituciones.

Por eso, estos próximos días son especialmente importantes.

Necesitamos la ayuda de todos los colectivos y personas para amplificar el mensaje.

Os pedimos que, desde hoy y hasta la votación del día 22, ayudéis a llevar esta información a vuestras comunidades. Estamos ante una oportunidad histórica: España podría ser el primer país de la OTAN que se sume al TPAN.

Podéis contribuir a este objetivo de estas maneras:

  • Compartid la información sobre la votación a través de vuestros canales: newsletters, grupos, redes sociales… Hemos adjuntado una imagen que podáis compartir en vuestras comunicaciones.
  • Animad también a las personas que forman parte de vuestras organizaciones a difundirla desde sus propias cuentas y entre sus contactos.
  • Y, especialmente, os pedimos que estéis pendientes de los contenidos que publicaremos desde las redes sociales de la Alianza durante estos días y que los compartáis desde vuestros canales.

Tenemos una ventana muy concreta para hacer visible el apoyo de la sociedad civil al desarme nuclear. Cuantas más organizaciones y personas hagamos ruido estos días, más difícil será que esta votación pase desapercibida.

Somos 65 entidades aliadas. Si cada una moviliza a su comunidad, nuestra capacidad de llegar mucho más lejos se multiplica.

El 22 de septiembre necesitamos que nuestra voz común se escuche en el Congreso.

Muchas gracias por formar parte de este esfuerzo y por ayudarnos a amplificarlo.

Aquí tenéis una noticia con más información sobre la votación del martes.

Un abrazo,

Equipo de la Alianza por el Desarme Nuclear.

PARA AMPLIAR INFORMACIÓN:

viernes, 18 de septiembre de 2026

“Dios te sueña mejor”: la Merced ante la condena de quedar reducido al pasado (I)

Fernando Redondo Benito

La puerta de una prisión modifica la mirada antes incluso de que uno haya tenido tiempo de ordenar lo que siente. Basta el ruido metálico de un cierre, la sucesión de controles, la espera, esa conciencia inmediata de que allí el tiempo pesa de otra manera. El 10 de junio de 2026 León XIV cruzó la puerta del Centro Penitenciario Brians 1, en Barcelona. Había transcurrido menos de un mes desde la publicación de ‘Magnifica humanitas’. Una encíclica escrita para interrogar el modo en que comprendemos al ser humano en una época seducida por la capacidad de medirlo, clasificarlo y predecirlo entraba así en uno de los lugares donde una persona corre mayor peligro de quedar explicada únicamente por aquello que hizo.

Dentro de una cárcel se sabe mucho de alguien. Hay delito, sentencia, antecedentes, informes, valoraciones, fechas, clasificaciones, conductas observadas. Debe ser así. La justicia necesita rigor y las Instituciones Penitenciarias necesitan instrumentos serios para custodiar, tratar, evaluar y preparar, cuando corresponde, el regreso a la sociedad. Pero todo ese conocimiento, por necesario que sea, tropieza al final con una frontera. Puede decir mucho de lo ocurrido y bastante de la situación presente; no puede afirmar con absoluta certeza quién será mañana ese hombre o esa mujer. En Brians 1, León XIV formuló esa frontera con unas palabras que deberían acompañarnos mucho más allá de una visita pontificia: “Dios te ama como eres, pero te sueña mejor”.

La frase podría deteriorarse enseguida si la dejáramos convertida en consuelo. No lo es. Encierra una antropología exigente. “Te ama como eres” quiere decir que ninguna culpa consigue cancelar la dignidad de una persona; “te sueña mejor” recuerda que esa dignidad no sirve para instalarse en la autocomplacencia. Dios no ama una ficción inocente ni una versión convenientemente rebajada de nuestra responsabilidad. Ama al hombre concreto, con la verdad entera de lo que ha sido, y precisamente por eso lo llama a no permanecer sometido a aquello que lo degradó. La misericordia cristiana no rebaja el listón moral: devuelve al ser humano la posibilidad de responder.

Ahí encuentro una de las aportaciones más hondas de Magnifica humanitas al ámbito penitenciario. León XIV afirma que “el futuro de una persona no es calculable” y lo hace en un pasaje donde distingue la lógica del algoritmo de la experiencia humana. Para una máquina, el error es una anomalía que debe corregirse; en una persona, puede llegar a convertirse en el comienzo de un cambio profundo. Dentro de una prisión esta afirmación pierde cualquier apariencia abstracta. El pasado está escrito, juzgado y documentado. No puede borrarse ni sería justo intentarlo. Sin embargo, otra cosa muy distinta es convertir lo que alguien hizo en una profecía irreversible sobre todo lo que podrá hacer después.

Entre puntos y comas.

Tenemos una peligrosa facilidad para poner puntos finales sobre las vidas ajenas. Alguien roba, agrede, mata, reincide, cae, y llega un momento en que dejamos de nombrar una acción para convertirla en identidad. Ya no decimos qué hizo, sino qué es. El verbo se vuelve sustantivo, el sustantivo acaba ocupando toda la biografía y, al final, colocamos el punto con una seguridad que raramente aceptaríamos si el texto fuera el nuestro. La vida, sin embargo, se escribe con una puntuación bastante más compleja. Hay comas que obligan a detenerse y asumir lo ocurrido; dos puntos después de acontecimientos que modifican todo cuanto viene detrás; puntos y coma que reconocen una fractura sin liquidar la oración; puntos y seguido que no borran lo anterior, pero permiten continuar. También existen puntos finales, porque hay pérdidas irreparables y daños que ninguna palabra devuelve a su estado anterior. Precisamente por respeto a esos finales reales deberíamos ser mucho más prudentes a la hora de inventar otros.

La cárcel conoce bien esa gramática. Una condena introduce una ruptura porque hubo un hecho que reclamó la respuesta de la justicia. La víctima debe permanecer en el centro de cualquier reflexión honesta sobre esa realidad. Hay delitos que han roto familias, alterado vidas, dejado ausencias que no regresan y heridas que acompañarán durante años. Ninguna pastoral puede acercarse al culpable pasando de puntillas sobre ese sufrimiento. Al contrario, la reinserción empieza a adquirir verdad cuando quien causó el daño puede dejar de contemplar únicamente su propia historia para descubrir también la historia que su acción abrió en otros.

Por eso me parece tan fecunda la conversación que Magnifica humanitas propone al hablar de una justicia con dimensión reparadora. Aquí la justicia restaurativa ofrece una vía de enorme interés. No porque sustituya sin más a la justicia penal ni porque toda situación pueda resolverse mediante un encuentro personal, sino porque obliga a formular preguntas que la mera lógica del castigo no agota. ¿Quién ha sido herido?. ¿Qué daño se produjo realmente?. ¿Qué responsabilidad debe asumir quien lo causó?. ¿Qué puede repararse?. ¿Qué tiene que cambiar para que el delito no siga extendiendo sus consecuencias sobre el futuro?.

Justicia restaurativa. 

La justicia restaurativa posee una fuerza moral particular porque obliga a abandonar la comodidad de las abstracciones. El delito deja de ser sólo el quebrantamiento de una norma y vuelve a tener rostros. La víctima puede expresar aquello que una sentencia no siempre alcanza a recoger. Quien cometió el daño se enfrenta a algo más exigente que cumplir una cantidad de años: comprender qué produjo su conducta. La comunidad descubre también que el delito no ocurre en un vacío social y que la reintegración no puede descargarse enteramente sobre una administración pública.

El Evangelio tiene una escena extraordinaria para comprender esta idea de reparación. Zaqueo no queda transformado porque Jesús pronuncie sobre él una absolución sentimental. La entrada de Cristo en su casa altera la manera en que se relaciona con lo que ha hecho, con lo que posee y con quienes han sufrido sus abusos. La conversión adquiere forma concreta: devolver, compensar, ordenar de otra manera aquello que estaba torcido. El Evangelio no le ofrece un pasado distinto; le entrega la posibilidad de responder de otro modo a partir de ese pasado. Ahí hay una intuición profundamente restaurativa. La gracia no convierte en inexistente el daño. Lo transforma en responsabilidad.

Cumplir una condena y asumir la propia historia tampoco son la misma cosa. Una puede medirse con exactitud; la otra necesita conciencia, tiempo y verdad. En mi experiencia en Pastoral Penitenciaria, uno de los momentos más hondos aparece cuando una persona empieza a contar su historia de manera diferente. Al principio suelen ocupar mucho espacio las heridas recibidas, la infancia, las compañías, la droga, las decisiones de otros, la violencia conocida demasiado pronto. Muchas de esas historias son reales y algunas resultan estremecedoras. Escucharlas importa. Comprender de dónde viene alguien puede ser indispensable para ayudarlo a cambiar. Pero llega un momento, si el proceso madura, en que la pregunta deja de ser únicamente “qué me ocurrió” y empieza a convertirse en “qué hice yo con todo aquello”.

Lázaro y la reinserción.

Ese cambio de pregunta devuelve a la persona una enorme estatura moral. Deja de ser únicamente el resultado de sus circunstancias y recupera la capacidad de responder. He visto cómo alguien que durante mucho tiempo había elaborado una arquitectura perfecta de justificaciones empezaba, casi con pudor, a hablar de reparación. He visto internos descubrir el estudio, el trabajo bien hecho, la lectura, la música, el arte o una manera nueva de ejercer la paternidad. He visto personas sorprender para bien cuando casi nadie esperaba ya demasiado de ellas. Y esas experiencias enseñan a desconfiar de algo muy extendido fuera de la cárcel: nuestra facilidad para creernos expertos en el futuro de los demás.

Aquí el relato de Lázaro adquiere una fuerza extraordinaria. Cuando sale del sepulcro, está vivo, pero continúa atado de pies y manos. Jesús no hace desaparecer las vendas. Se vuelve hacia quienes están allí y les dice: Desatadlo y dejadlo andar (Jn 11,44). Siempre me ha parecido una de las frases más eclesiales del Evangelio. Hay cosas que sólo Dios puede hacer y hay otras que confía a la comunidad. La vida ha regresado, pero para que pueda caminar alguien tiene que retirar aquello que todavía la mantiene ligada.

La reinserción posee mucho de esa imagen. La puerta se abre, la condena termina, la persona recupera la libertad jurídica y, sin embargo, todavía quedan vendas. Antecedentes, precariedad, relaciones rotas, miedo, adicciones, desconfianza social, falta de trabajo, fragilidad familiar, soledad. Algunas son interiores y otras se las coloca una sociedad que proclama su fe en las segundas oportunidades con bastante más entusiasmo mientras quien las necesita continúa detrás de un muro. Desatadlo y dejadlo andar interpela entonces no sólo al que sale, sino a quienes esperamos fuera.

(CONTINUARÁ). 

Artículo original: https://www.vidanuevadigital.com/tribuna/dios-suena-mejor-merced-condena-reducido-pasado/ 

PARA AMPLIAR:

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO:

  1. ¿Qué ideas destacarías de esta parte del artículo escrito por Don Fernando Redondo Benito?.
  2. ¿Qué imagen de las personas encarceladas tiene la sociedad?. ¿Cómo podría cambiar esa imagen?.
  3. ¿Cómo construir la "justicia restaurativa"?, ¿quiénes tendrían que ser sus agentes y cómo trabajar conjuntamente para hacerla realidad?.
  4. ¿Cómo lograr una inserción social (porque quizás haya personas que nunca estuvieron realmente insertas en la sociedad) o reinserción social efectivas para una persona que ha pasado por la prisión?, ¿qué puede hacer ella?, ¿qué podemos hacer los demás?.