Llega el momento de analizar a fondo no sólo la REALIDAD (lo que hemos visto en los 7 capítulos anteriores) sino también nuestra COHERENCIA con nuestro ser cristianos, miembros de la Iglesia.
¿Cómo valoramos los cristianos la trata de personas?.
¿Cómo
ve la Iglesia, cómo vemos los cristianos, toda esta realidad que acabamos de
describir de la trata de personas con fines de explotación sexual?.
Tenemos
en cuenta para esta valoración la Palabra de Dios que, para los creyentes, «es
una lámpara y una luz en mi camino» (Salmo 119,105), la palabra autorizada de
la misma Iglesia a través de sus pastores (el magisterio eclesial) y la misma
vida y actuación de los auténticos cristianos que encarnan en cada momento de
la historia la Palabra de Dios y el sentir de la Iglesia.
Ante la ignorancia que hay sobre este tema (papa Francisco, Jornada Mundial de Reflexión contra la Trata de Personas, 12 febrero 2018), se hace palpable que no es posible tener una valoración sin un conocimiento del asunto. No es ético mirar a otro lado. Lo correcto es abrir los ojos para ver las cosas como son, y al mirar, mirar como Dios mismo mira. Al no mirar no captamos la gravedad de la situación. Al no mirar con los ojos de Dios no valoramos ni sentimos adecuadamente lo que está pasando. Pero cuesta mirar porque «toca de cerca nuestras conciencias, porque es escabroso y porque provoca vergüenza». También están los que «conociéndolo, no quieren hablar porque se encuentran en la cúspide del ‘hilo de consumo’ como consumidores de ‘servicios’ que se ofrecen en la calle o en Internet». (Papa Francisco 12 febrero 2018).
Mirar
como Dios mira, mirar como Jesús mira, descalifica una mirada superficial,
indiferente o impersonal. Jesús miraba a la cara, miraba al corazón, buscaba el
encuentro con el otro. Mirar como Dios mira a estas personas exige actitudes
básicas como el amor, el respeto, la compasión por tanto dolor provocado y la
indignación por cuanto tiene de injusticia evitable («El drama humano y moral del tráfico de mujeres» , CEE, 21 de abril de 2001). Por eso el papa Francisco
nos invita, en la Jornada de Reflexión contra la Trata, a promover una cultura
del encuentro, nos anima a no tener miedo: «El encuentro con el otro produce,
naturalmente, un cambio, pero no hay que tener miedo a ese cambio. Siempre será
para mejor».
He aquí el testimonio de un encuentro. Habla sor Eugenia Bonetti, misionera de la Consolata (Vida Nueva, 26 de marzo de 2006, p.8):
«Fue un encuentro con una prostituta. Era un día lluvioso y frío en Turín, el 2 de noviembre de 1993. Trabajaba en Cáritas desde hacía unos meses, tras mi vuelta de África. Salía para ir a misa y, en ese momento, entró una mujer africana con un certificado médico. De su comportamiento, y del modo de vestir, deduje que podía ser una de las mujeres que se ven obligadas a vender su cuerpo. Me sentí incómoda, le respondí cuatro cosas y quise marcharme. Estaba nerviosa. Ella me explicó que era madre de tres niños, que había dejado en Nigeria. Vi que necesitaba ser operada, pero no tenía papeles. Yo estaba desconcertada y me incomodaba pensar que iba a llegar tarde a misa. En aquel momento, la misa era para mí más importante que los problemas de María -ese era su nombre-. Vino conmigo, se quedó arrodillada en el último banco de la iglesia y se la oía llorar. Me coloqué más adelante y no podía rezar. Me acordé de la parábola del fariseo y el publicano y pensé con qué frecuencia había pensado que yo, religiosa y misionera, era mejor que muchas mujeres obligadas a trabajar en la calle. Aquella noche la pasé en blanco. Me enfrenté a mi misterio pascual. Eugenia, ¿dónde está tu hermana? Aquel encuentro cuestionó mi vida, mi vocación, mis valores».
En este
encuentro se experimenta la verdad del principio básico de la Doctrina Social
de la Iglesia que es la clave cristiana a aplicar en esta cuestión: la dignidad
y el carácter sagrado de la persona humana. Toda persona es «imagen y semejanza
de Dios» (Gen 1, 26), «redimida por Cristo», «amada por Dios de un modo único y
personal». La persona es el centro y la clave del ordenamiento social. El
hombre vale por lo que es, no por lo que tiene o lo que hace, y es sujeto de
derechos inalienables.
Este
principio pone un límite a la práctica del mercado, porque hay realidades que
no se pueden vender y comprar, y define también la orientación del trabajo que
debe contribuir a la realización de la persona y a la cooperación con la obra
creadora de Dios. Una organización laboral que convierte a la persona en
mercancía y le impide desarrollar su libertad, creatividad y su sentido
comunitario y fraternal, e incluso se convierte en un abuso o una agresión a
los más débiles como es el caso de las mujeres, de los niños y de los pobres en
general, no corresponde con los planes de Dios.
Todo esto
nos recuerda las fuertes críticas que aparecen en el Antiguo Testamento en el
que Dios rechaza la humillación y el maltrato de los migrantes, la opresión, la
explotación y nos muestra cómo se debe ayudar al prójimo. Los profetas son muy expresivos:
- Amós: «Venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias» (Am, 2,6).
- Isaías: «¡Ay de los que decretan decretos inicuos…, dejan sin defensa al desvalido y niegan sus derechos a los pobres de mi pueblo!» (Is 5, 8; 10, 1).
También el Nuevo Testamento en el que tanto Jesús como las primeras comunidades se dedicaron decididamente a los marginados y excluidos y representan una alternativa de acogida, dignificación y promoción para todos. Jesús defiende a la mujer adúltera de la hipócrita acusación de los escribas y fariseos (Jn 8, 1-11), nos recuerda que se identifica con los más necesitados, «Fui forastero y me acogisteis» (Mt 25, 35), y afirma que «Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia» (Jn 10, 10).
En la
bienvenida a 17 nuevos embajadores ante la Santa Sede el 12 de diciembre de
2013 decía el papa Francisco, al hablar de la plaga de la trata de personas,
que «los cristianos reconocemos el rostro de Jesucristo, que se ha
identificado con los más pequeños y los más necesitados. Otros, que no se refieren
a la fe religiosa, en nombre de la común humanidad, comparten la compasión por
su sufrimiento, con el compromiso de liberarlos y de aliviar sus heridas». En
otra ocasión habla el papa de la trata como herida abierta de Cristo.
Esta herida de Cristo no es sólo personal o individual sino también social porque todo este fenómeno sucede en una relación estrecha con otros hechos sociales como la prostitución, el comercio de drogas y de armas, la pobreza, violencia y conflictos bélicos en los lugares de origen, la mendicidad y el tráfico interno. Hay factores más globales que alimentan esta situación como son la sociedad consumista, el machismo, el hedonismo, la banalización de la sexualidad o la tolerancia social y legal con las redes de tráfico. En algunas sociedades también hay que tener en cuenta la consideración de la mujer como objeto de placer al servicio del instinto sexual machista, o la visión distorsionada de la misión y dignidad de la mujer.
Los
calificativos que a lo largo de numerosos documentos eclesiales se aplican a la
trata de personas están cargados de verdad: abuso contra mujeres y niños,
ataque a los más débiles y vulnerables, violencia de género, esclavitud,
macronegocio inmoral, vergüenza, relación sexual inhumana (sin libertad ni
amor), actividad innoble, demanda hipócrita, violación de derechos, vulneración
de bienes jurídicos personales, trato degradante e inhumano, desigualdad e
injusticia norte-sur, estructura social de pecado, indignidad múltiple…
Calificativos que se dirigen a los distintos actores de esta triste historia: traficantes de personas, clientes de los servicios sexuales, responsables sociales, económicos y políticos que no responden adecuadamente al problema, medios de comunicación y sociedad en general que tolera pasivamente esta situación.
Esta valoración que brota desde una mirada evangélica es a la vez una llamada a vivir unas actitudes: preocupación, indignación, sentido crítico, solidaridad, abandono y denuncia de la complicidad y de la mentira de falsas promesas, inquietud por la recuperación de valores, deseo de cambios sociales y culturales, acogida a las victimas…, y a una conducta y a un compromiso que sean coherentes con estas actitudes y esta situación. Dios nos habla desde la vida de estas mujeres y estas niñas y nosotros hemos de responder con nuestra acción y con nuestra vida.
Desde ahí
se entiende el POSICIONAMIENTO a favor de las víctimas, del reciente Informe de
entidades de la Iglesia Española (CONFER, Cáritas, Justicia y Paz y Secretariado
de Comisiones Episcopales de Migraciones y Pastoral Social de la Conferencia
Episcopal Española), en el que afirman:
- El
fenómeno globalizado de la trata de personas con fines de explotación sexual es
una gravísima violación de los derechos humanos, que reduce al ser humano,
creado a imagen y semejanza de Dios, a un estado de servidumbre y esclavitud.
Y
continúan denunciando que:
- La información y la toma de conciencia sobre la realidad de la trata y de sus víctimas es muy limitada.
- La vinculación de este fenómeno con la entrada y estancia de inmigrantes en situación administrativa irregular pone en riesgo la defensa de los derechos de las víctimas.
- Las políticas públicas no proporcionan siempre respuestas adecuadas a la realidad de las víctimas y no actúan sobre las causas estructurales del fenómeno de la trata.
- Las medidas establecidas de protección y asistencia a las víctimas son todavía insuficientes para garantizar el respeto de sus derechos.
- La coordinación con los demás actores involucrados es muchas veces escasa y no efectiva.
Para ver el documento completo, pinchar AQUÍ.










.jpg)










