Queridos
hermanos y hermanas:
Es un
gusto para mi compartir este momento con ustedes aquí, en San Cristóbal de La
Laguna, sede de esta diócesis. Me ha llamado la atención lo que se ha dicho de
esta ciudad: que es una ciudad sin murallas, una ciudad abierta.
Quizá
este detalle nos ayude a comprender que las barreras más difíciles de derribar
no siempre son de piedra. A veces están en la mirada, en el miedo o en la
indiferencia. El mar, que rodea estas islas, trae hasta nosotros historias que
no siempre sabemos leer: historias de dolor, de esperanza y de búsqueda. En una
ciudad sin murallas, también el corazón está llamado a ensancharse para
acogerlas. Por eso necesitamos aprender el lenguaje de la cercanía, ese que se
comprende más con las manos que con las palabras.
El
braille y demás formas de escritura táctil nos recuerdan que la palabra puede
abrirse camino también por medio del contacto. Del mismo modo, la integración
exige aprender a leer de otra manera. Hay miradas que ven y, sin embargo, no
reconocen; convierten un rostro en cifra, una historia en expediente y una
diferencia en distancia. De ahí que el Evangelio nos eduque en una lectura más
honda de la realidad: la que nace de la cercanía, de la paciencia y de unas
manos capaces de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos.
En las
obras de integración de estos hermanos nuestros —como en toda obra de caridad—
la Iglesia aprende a leer en la vida concreta de quienes sufren en el cuerpo o
en el espíritu un signo vivo que remite a los santos Evangelios y que se vuelve
legible a través del tacto y de la cercanía, cuando palpamos las heridas de los
demás. Como Tomás ante el cuerpo glorioso del Resucitado, también la Iglesia
aprende que las heridas, miradas desde la fe, pueden convertirse en lugar de
reconocimiento: allí donde el dolor humano es tocado con amor, Cristo nos
confirma que está presente en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en
el enfermo, en el preso y en el forastero (cf. Mt 25,35-40). De
esa fe que reconoce a Cristo vivo nace también el servicio del Padre Darwin y
de tantas personas. La caridad cristiana brota del amor de Dios derramado en el
corazón del creyente; por eso, ante el necesitado, la fe se hace concreta y el
amor a Cristo se transforma en gestos.

Desde
esta convicción, nuestra presencia quiere testimoniar que la solidaridad nace
del reconocimiento de la dignidad humana y supera toda concesión secundaria o
simple obra de filantropía. Está llamada a comprometerse y a tomar forma de
proceso. La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La
asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro.Integrar
no significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo
lo que forma parte de su memoria. Tampoco significa crear mundos paralelos,
cerrados unos a otros, donde las personas conviven sin encontrarse realmente.
Integrar es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra
nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su
identidad ni cerrar el corazón al encuentro. A ustedes, queridos hermanos
migrantes, les corresponde una parte noble y necesaria de este camino: abrirse
con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus
leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con
gratitud sus dones.
Toda
sociedad que acoge tiene deberes hacia quienes llegan; y quien es acogido
descubre también que la dignidad reconocida como derecho florece cuando se
convierte en responsabilidad y deseo sincero de construir junto a los demás.
Así, quien llegó como forastero puede reencontrar vínculos, reconstruir
confianza y sentirse parte viva de una comunidad. Ésta es una forma preciosa de
misericordia.
Hablamos,
ante todo, de personas creadas a imagen y semejanza de Dios, antes que de
categorías jurídicas o de problemas que administrar. Después de viajes
difíciles y, en ocasiones, de varios intentos —como en el caso de Khalid—,
buscan a alguien que les diga, con los gestos antes que con las palabras: tu
vida no es un descarte, tu sufrimiento no es invisible, tu dignidad no ha
quedado disuelta en las aguas que has atravesado —como nos expresaba Mbacke—.
Pero buscan también algo más: una posibilidad concreta de recomenzar, de
aprender, de trabajar, de servir, de participar, de no quedar encerrados para
siempre en la condición de víctimas. En este sentido, deseo agradecer las
palabras de Mons. Santiago y, con ellas, el testimonio de una Iglesia que, aun
con medios pobres, quiere “caminar con los que caminan”.
Gracias a
Cáritas diocesana, a la Delegación diocesana de Migraciones, a las parroquias y
a tantas realidades eclesiales y civiles que van más allá del primer auxilio y
acompañan procesos de protección, promoción e integración. Gracias por hacer
posible que quien un día fue acompañado pueda convertirse —como nos recordaba
Thalia— en puente para otros, devolviendo el amor recibido. Cuando quien
necesitó una mano comienza a tender la suya, la caridad recibida se transforma
en responsabilidad compartida. Al mismo tiempo, no podemos olvidar a tantos
migrantes que, provenientes de Latinoamérica, de Filipinas y de otras
latitudes, forman ya parte viva de la comunidad y, con su fe, su trabajo y sus
dones, ayudan a renovarla. Déjense también evangelizar por ellos, pues
seguramente traen consigo regalos que la Providencia ha querido hacer llegar a
ustedes a través de quienes se integran. Ellos recuerdan que integrar es abrir
espacio para que una persona pueda sentirse corresponsable. Así, el extranjero
de ayer puede ser el hermano y vecino de hoy.

A los
católicos quiero pedirles algo más: que la integración no quede reducida a una
tarea social, por necesaria que sea. Quien llega a nuestras parroquias necesita
pan, techo, lengua, trabajo y protección; y también debe encontrar una
comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra,
caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad
de cada persona. Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que
sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también
una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo
tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres.Una
conciencia humana, y más aún una conciencia cristiana, no puede permanecer
indiferente ante las víctimas de los naufragios y de la falta de ayuda, ante
esos cementerios del mar. Cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para
la familia humana. No obstante, existe también un naufragio silencioso después
de la llegada: quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin
trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad.
Integrar es impedir ese segundo naufragio. Es ayudar a que quien llegó
lastimado no quede fijado para siempre en su dolor, sino que pueda volver a
ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad.
Y desde
esta plaza quiero dirigir una palabra clara a quienes se aprovechan de la
desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas,
retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias
y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Deténganse. Conviértanse (cf. Mc
1,15). Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus
sufrimientos llegan hasta Él (cf. Gn 4,10; Ex 3,7-9). El dinero arrancado a la
vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro (cf. Jr 22,13; St
5,1-6).
Por cada
vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer
amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia
divina (cf. 2 Co 5,10). Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo
dominio (cf. Is 58,6). Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan
mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso
al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad,
la justicia y la conversión (cf. Ez 33,11).
Hermanos
y hermanas, la última palabra no puede tenerla el miedo, la indiferencia ni la
violencia de quienes comercian con la vida humana. La última palabra pertenece
a Cristo, que se identifica con el forastero, toca las heridas de la humanidad
y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido,
promovido e integrado. Alcemos la mirada hacia Él, sin apartarla de quienes
sufren; miremos al Señor para aprender a mirar con sus ojos a nuestros
hermanos. La
Sagrada Familia de Nazaret, que tuvo que migrar a Egipto para proteger la vida
del Niño Jesús (cf. Mt 2,13-15), sigue siendo para todos los tiempos modelo y
amparo de toda familia refugiada, de todo migrante y de toda persona que se ve
forzada a dejar su tierra por miedo, persecución o necesidad (cf. PÍO XII,
Const. ap. Exsul Familia). Que ella sostenga el servicio que ustedes ofrecen y haga
de esta tierra un lugar donde todos se reconozcan y se traten como hermanos.
Que Dios les bendiga.
Muchas gracias.
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