(Continuación de: “Dios te sueña mejor”: la Merced ante la condena de quedar reducido al pasado (II)).
Los papas y la cárcel.
La historia de los pontífices contemporáneos ha conservado esa intuición. San Juan XXIII entró en Regina Coeli en 1958 y dejó una imagen que atravesaría los siguientes pontificados. San Pablo VI volvería después para recordar a los internos que veía en ellos un corazón humano. San Juan Pablo II insistiría en que la pena no puede degenerar en venganza institucional y que debe conservar abierta una posibilidad de cambio. Benedicto XVI, en Rebibbia, habló de dignidad y renovación. Francisco convirtió la prisión en uno de los lugares donde su ministerio adquirió una expresividad más clara. No fueron gestos equivalentes ni respondieron a contextos idénticos, pero todos participaron de una misma certeza: la Iglesia no puede elaborar su antropología sólo desde lugares cómodos.
León XIV añade ahora una pregunta propia de nuestro tiempo. ‘Magnifica humanitas’ nos obliga a pensar qué ocurre cuando confiamos cada vez más en sistemas capaces de establecer perfiles y anticipar comportamientos. El ámbito penitenciario necesita evaluar riesgos y sería irresponsable negar esa necesidad. Pero evaluar no significa poseer el futuro. Un informe puede advertir, orientar, ayudar a decidir; no conoce todavía la conversación que hará cambiar una conciencia, el hijo que obligará a mirar la vida de otra manera, la responsabilidad que por fin será asumida, el vínculo que sostendrá un proceso o la gracia que alcanzará un lugar hasta entonces cerrado.
Por eso la afirmación de León XIV tiene tanta fuerza: el futuro de una persona no es calculable. No porque debamos abandonar la prudencia, sino porque la libertad humana conserva una capacidad real de novedad. Hay hombres y mujeres que sorprenden para bien, y quien entra con alguna frecuencia en una prisión termina aprendiendo que esa sorpresa no es un accidente marginal. Ocurre cuando alguien empieza a estudiar, cuando recupera una relación, cuando aprende a cuidar de otro, cuando logra reconocer un daño, cuando descubre una disciplina, una fe o una forma de servir que jamás había considerado propia.
La Merced de nuestro tiempo.
La Iglesia tendría que custodiar con especial cuidado ese espacio de posibilidad. No proclamando una ingenua confianza universal en cualquier proceso, sino negándose a confundir la prudencia con el fatalismo. Hay una diferencia enorme entre reconocer que no sabemos cómo terminará una historia y decidir anticipadamente que ya sabemos que terminará mal.
La Virgen de la Merced llega precisamente a ese punto. Su fiesta no debería ser un paréntesis devocional dentro de la rutina de los centros penitenciarios, sino una pregunta dirigida a toda la Iglesia. La tradición mercedaria nació frente a una realidad concreta de cautiverio. Nuestro mundo es otro y sería históricamente torpe establecer equivalencias fáciles, pero la intuición permanece: la caridad se hace especialmente verdadera cuando se acerca allí donde la libertad está herida.
La Merced de nuestro tiempo necesita entrar y necesita salir. Entrar en los centros, escuchar a los presos y presas, acompañar procesos, sostener la fe, reconocer el trabajo de quienes sirven profesionalmente allí. Y salir después hacia las comunidades, las parroquias, las empresas, las asociaciones, las familias, porque no existe reinserción verdadera si todo el esfuerzo queda encerrado dentro de la prisión.
El papa León XIV en la prisión de Brians 1.
Aquí vuelve la justicia restaurativa con toda su fuerza. Restaurar no significa regresar al instante anterior al delito, porque ese instante ha desaparecido. Significa trabajar con lo que quedó roto. En ocasiones habrá caminos directos de reparación; en otras, la responsabilidad tomará formas distintas. Puede ser sostener un tratamiento, cuidar mejor de los hijos, aprender un oficio, trabajar honradamente, abandonar una violencia, servir a otros o convertir la propia experiencia en advertencia para quien todavía puede evitar el mismo camino. Reparar significa negarse a que el daño pasado continúe produciendo indefinidamente daño futuro.
Esta puede ser una de las grandes aportaciones de la Merced de 2026: superar la pobreza de una alternativa entre castigo y olvido. Hay algo mucho más serio en juego: justicia, responsabilidad, reparación, reconciliación y reinserción. La sociedad no demuestra su calidad moral únicamente cuando responde con firmeza al delito. También la demuestra cuando sabe qué hacer con quien ha cumplido una pena y quiere comenzar de nuevo.
El Evangelio ofrece todavía una última escena para cerrar este recorrido. Pedro ha negado a Jesús y no una vez, sino tres. Después de la Resurrección, Cristo no actúa como si aquella noche no hubiera ocurrido, pero tampoco convierte la caída en la única identidad posible del discípulo. Junto al lago le pregunta por el amor y le entrega de nuevo una responsabilidad: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21,17). El pasado permanece, pero deja de poseer la totalidad de la escena. Pedro no recibe una biografía limpia. Recibe misión después del fracaso.
(CONTINUARÁ).
Artículo original: https://www.vidanuevadigital.com/tribuna/dios-suena-mejor-merced-condena-reducido-pasado/
PARA AMPLIAR:
- Los Papas y la cárcel.
- Humanizar las prisiones desde el Evangelio.
- Humanizar las prisiones: gestos del Papa Francisco.
PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO:
- ¿Qué ideas destacarías de esta parte del artículo escrito por Don Fernando Redondo Benito?.
- ¿Qué significa "confiar en las posibilidades y potencialidades de la persona encarcelada"?, ¿en qué se traduce o se debe traducir esta confianza?.
- ¿Por qué el Evangelio nos insta a "no juzgar", a confiar aún cuando la realidad aparente rota, estéril?, ¿qué actitudes necesitamos mantener siempre?.
- ¿Cómo ayudar a la persona encarcelada a confiar en sí misma?, ¿cómo motivarles a poner en juego todas sus potencialidades y lanzarse a por las metas que se propongan?.

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