fue una respuesta nacida del alma
en medio del ruido, de las críticas
y de un mundo herido por la guerra,
el Papa León XIV no eligió pelear…
pero tampoco eligió callar.
Desde lo alto del cielo, en pleno vuelo,
dejó caer palabras que no buscan aplausos,
sino despertar corazones.
“No soy un político”, dijo con serenidad.
Y en esa sencillez, recordó algo profundo:
su voz no pertenece al poder…
pertenece al Evangelio.
Pero su calma no es silencio;
su paz no es debilidad.
Con firmeza, levantó la voz
por los que sufren,
por los inocentes,
por quienes han perdido todo
en medio de la violencia.
Porque cuando el dolor del mundo grita…
el corazón del pastor
no puede quedarse quieto.
Y entonces, con valentía, dijo:
“No tengo miedo…”.
No es un reto,
es una misión,
es la certeza de que la verdad
no necesita gritar para ser fuerte.
Es la fe de quien sabe
que Dios camina incluso
en medio de la oscuridad.
Porque el Evangelio
no se negocia,
no se usa,
no se adapta al poder;
se vive…
se anuncia…
y se defiende con amor.
Hoy, en un mundo dividido,
su voz nos recuerda el camino
que muchos han olvidado:
“Bienaventurados
los que trabajan por la paz…”.
No es política,
es algo más grande,
más profundo,
más eterno;
es el Evangelio.
(Tomado de la red, de alguien que no le puso nombre de autor).
No es política,
es algo más grande,
más profundo,
más eterno;
es el Evangelio.
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