Mensaje del Papa JUAN PABLO II para la celebración de la XXXII
JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
EL SECRETO DE LA PAZ VERDADERA RESIDE EN EL RESPETO A LOS DERECHOS HUMANOS
1. En la primera Encíclica, Redemptor hominis,
que dirigí hace casi veinte años a todos los hombres y mujeres de buena
voluntad, ya puse de relieve la importancia del respeto de los derechos humanos.
La paz florece cuando se observan íntegramente estos derechos, mientras que la
guerra nace de su transgresión y se convierte, a su vez, en causa de ulteriores
violaciones aún más graves de los mismos.
A las puertas de un nuevo año, el último antes del Gran Jubileo,
quisiera detenerme una vez más sobre este tema de capital importancia con todos
vosotros, hombres y mujeres de todas las partes del mundo, con vosotros,
responsables políticos y guías religiosos de los pueblos, con vosotros, que
amáis la paz y queréis consolidarla en el mundo.Esta es la convicción que, con vistas a la Jornada Mundial de la Paz, deseo compartir con vosotros: cuando la promoción de la dignidad de la persona es el principio conductor que nos inspira, cuando la búsqueda del bien común es el compromiso predominante, entonces es cuando se ponen fundamentos sólidos y duraderos a la edificación de la paz. Por el contrario, si se ignoran o desprecian los derechos humanos, o la búsqueda de intereses particulares prevalece injustamente sobre el bien común, se siembran inevitablemente los gérmenes de la inestabilidad, la rebelión y la violencia.
Respeto de la dignidad humana patrimonio de la
humanidad.

Universalidad e indivisibilidad de los derechos
humanos.

Los derechos humanos son agrupados tradicionalmente en dos grandes categorías que incluyen, por una parte, los derechos civiles y políticos y, por otra, los económicos, sociales y culturales. Ambas categorías están garantizadas, si bien en grado diverso, por acuerdos internacionales; en efecto, los derechos humanos están estrechamente entrelazados unos con otros, siendo expresión de aspectos diversos del único sujeto, que es la persona. La promoción integral de todas las categorías de los derechos humanos es la verdadera garantía del pleno respeto por cada uno de los derechos.
La defensa de la universalidad y de la indivisibilidad de los derechos humanos es esencial para la construcción de una sociedad pacífica y para el desarrollo integral de individuos, pueblos y naciones. La afirmación de esta universalidad e indivisibilidad no excluye, en efecto, diferencias legítimas de índole cultural y política en la actuación de cada uno de los derechos, siempre que, en cualquier caso, se respeten los términos fijados por la Declaración Universal para toda la humanidad.
Teniendo muy presentes estos presupuestos fundamentales, quisiera ahora resaltar algunos derechos específicos, que hoy parecen estar particularmente expuestos a violaciones más o menos manifiestas.
El derecho a la vida.

Optar por la vida comporta el rechazo de toda forma de violencia. La violencia de la pobreza y del hambre, que aflige a tantos seres humanos; la de los conflictos armados; la de la difusión criminal de las drogas y el tráfico de armas; la de los daños insensatos al ambiente natural. El derecho a la vida debe ser promovido y tutelado en cualquier circunstancia con oportunas garantías legales y políticas, puesto que ninguna ofensa contra el derecho a la vida, contra la dignidad de cada persona, es irrelevante.
La libertad religiosa, centro de los derechos
humanos.

Tampoco se debe pasar por alto otro problema indirectamente relacionado con la libertad religiosa. A veces se crean entre comunidades o pueblos de diferentes convicciones y culturas religiosas tensiones crecientes que, por la pasión suscitada, terminan por transformarse en conflictos violentos. El recurso a la violencia en nombre del propio credo religioso es una deformación de las enseñanzas mismas de las principales religiones. Como han repetido tantas veces diversos exponentes religiosos, también yo reitero que el uso de la violencia no puede tener nunca una fundada justificación religiosa, y tampoco promueve el auge del auténtico sentimiento religioso.
El derecho a participar.
6. Cada ciudadano tiene el derecho a participar en la vida de la
propia comunidad. Esta es una convicción generalmente compartida hoy en día. No
obstante, este derecho se desvanece cuando el proceso democrático pierde su
eficacia a causa del favoritismo y los fenómenos de corrupción, los cuales no
solamente impiden la legítima participación en la gestión del poder, sino que
obstaculizan el acceso mismo a un disfrute equitativo de los bienes y servicios
comunes. Incluso las elecciones pueden ser manipuladas con el fin de asegurar la
victoria de ciertos partidos o personas. Se trata de una ofensa a la democracia
que comporta consecuencias muy serias, puesto que los ciudadanos, además del
derecho, tienen también la responsabilidad de participar; cuando se les impide
esto, pierden la esperanza de poder intervenir eficazmente y se abandonan a una
actitud de indiferencia pasiva. De este modo, se hace prácticamente imposible el
desarrollo de un sano sistema democrático.
Recientemente se han adoptado diversas medidas para asegurar
elecciones legítimas en Estados que intentan pasar con dificultad de una forma
de totalitarismo a un régimen democrático. Sin embargo, aún siendo útiles y
eficaces en situaciones de emergencia, tales iniciativas no eximen del esfuerzo
que comporta la creación en los ciudadanos de una plataforma de convicciones
compartidas, con las cuales se evite definitivamente la manipulación del proceso
democrático.
Una forma particularmente grave de discriminación.
7. Una de las formas más dramáticas de discriminación consiste en
negar a grupos étnicos y minorías nacionales el derecho fundamental a existir
como tales. Esto ocurre cuando se intenta su supresión o deportación, o también
cuando se pretende debilitar su identidad étnica hasta hacerlos irreconocibles.
¿Se puede permanecer en silencio ante crímenes tan graves contra la humanidad?
Ningún esfuerzo ha de ser considerado excesivo cuando se trata de poner término
a semejantes aberraciones, indignas de la persona humana.
Un signo positivo de la creciente voluntad de los Estados de
reconocer la propia responsabilidad en la protección de las víctimas de tales
crímenes y en el compromiso por prevenirlos, es la reciente iniciativa de una
Conferencia Diplomática de las Naciones Unidas, que, con una deliberación
específica, ha aprobado los Estatutos de una Corte Penal Internacional,
destinada a determinar las culpas y castigar a los responsables de los crímenes
de genocidio, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y de agresión.
Esta nueva institución, si se constituye sobre buenas bases jurídicas, podría
contribuir progresivamente a asegurar a escala mundial una tutela eficaz de los
derechos humanos.
Derecho a la propia realización.

Otro derecho fundamental, de cuya realización depende la consecución de un digno nivel de vida, es el derecho al trabajo ¿Cómo se pueden adquirir si no los alimentos, los vestidos, la casa, la asistencia médica y tantas otras necesidades de la vida? Sin embargo, la falta de trabajo representa hoy un grave problema: es incontable el número de personas que en muchas partes del mundo están afectadas por el desolador fenómeno del desempleo. Es necesario y urgente que todos, especialmente los que tienen en sus manos los hilos del poder político o económico, hagan todo lo posible para poner remedio a una situación tan penosa. Aún siendo necesarias, no es posible limitarse a las intervenciones de emergencia en caso de desempleo, enfermedad o circunstancias semejantes que no dependen de la voluntad de cada sujeto, sino que se ha de trabajar para que los desocupados puedan asumir la responsabilidad de su propia existencia, emancipándose de un régimen de asistencialismo humillante.
Progreso global en solidaridad.

En este contexto, dirijo una llamada apremiante a los que tienen la responsabilidad a escala mundial de las relaciones económicas, para que se interesen por la solución del problema acuciante de la deuda internacional de las naciones más pobres. A este respecto, instituciones financieras internacionales han tomado una iniciativa concreta digna de aprecio. Dirijo mi llamada a todos los que están interesados en este problema, especialmente a las naciones más ricas, para que den el apoyo necesario que asegure el pleno éxito de esta iniciativa. Es preciso un esfuerzo rápido y vigoroso que consienta al mayor número posible de países, de cara al año 2000, salir de una situación ya insostenible. El diálogo entre las instituciones competentes, si está animado por una voluntad de entendimiento, conducirá —estoy seguro de ello— a una solución satisfactoria y definitiva. De ese modo, será posible un desarrollo duradero para las naciones más desfavorecidas, y el milenio que tenemos delante será también para ellas un tiempo de esperanza renovada.
Responsabilidad respecto al medio ambiente.

El derecho a la paz.
11. La promoción del derecho a la paz asegura en cierto modo el
respeto de todos los otros derechos porque favorece la construcción de una
sociedad en cuyo seno las relaciones de fuerza se sustituyen por relaciones de
colaboración con vistas al bien común. La situación actual prueba sobradamente
el fracaso del recurso a la violencia como medio para resolver los problemas
políticos y sociales. La guerra destruye, no edifica; debilita las bases morales
de la sociedad y crea ulteriores divisiones y tensiones persistentes. No
obstante, las noticias continúan hablando de guerras y conflictos armados con un
sinfín de víctimas. ¡Cuántas veces mis Predecesores y yo mismo hemos implorado
el fin de estos horrores!. Continuaré haciéndolo hasta que se comprenda que la
guerra es el fracaso de todo auténtico humanismo.
Mi pensamiento se dirige con aflicción a quienes viven y crecen en un ambiente de guerra, a quienes no han conocido otra cosa que conflictos y violencias. Los que sobrevivan llevarán para el resto de sus vidas las heridas de tan terrible experiencia. Y ¿qué decir de los niños soldado? ¿Se puede aceptar en algún caso que se arruinen así estas vidas apenas estrenadas? Adiestrados para matar, y a menudo empujados a hacerlo, estos niños tendrán graves problemas en su posterior inserción en la sociedad civil. Si se interrumpe su educación y se daña su capacidad de trabajo, ¡qué consecuencias para su futuro!. Los niños tienen necesidad de paz; tienen derecho a ella.
Al recuerdo de estos niños quisiera unir el de los muchachos víctimas de las minas antipersonales y de otros medios de guerra. A pesar de los esfuerzos ya realizados para limpiar los campos minados, se asiste ahora a una paradoja increíble e inhumana: desobedeciendo a la voluntad claramente expresada por los gobiernos y los pueblos de poner definitivamente fin al uso de un arma tan perversa, se han seguido colocando otras minas en lugares ya limpiados.
Gérmenes de guerra se difunden también por la proliferación masiva e incontrolada de armas ligeras que, al parecer, circulan libremente de un área de conflicto a otra, sembrando violencia a lo largo de su recorrido. Corresponde a los gobiernos adoptar medidas apropiadas para el control de la producción, la venta, la importación y la exportación de estos instrumentos de muerte. Sólo de ese modo es posible afrontar eficazmente en su conjunto el problema del considerable tráfico ilícito de armas.
Una cultura de los derechos humanos, responsabilidad de
todos.
12. No es posible ahora extendernos sobre este punto. Quisiera
destacar, sin embargo, que ningún derecho humano está seguro si no nos
comprometemos a tutelarlos todos. Cuando se acepta sin reaccionar la violación
de uno cualquiera de los derechos humanos fundamentales, todos los demás están
en peligro. Es indispensable, por lo tanto, un planteamiento global del tema de
los derechos humanos y un compromiso serio en su defensa. Sólo cuando una
cultura de los derechos humanos, respetuosa con las diversas tradiciones, se
convierte en parte integrante del patrimonio moral de la humanidad, se puede
mirar con serena confianza al futuro.
En efecto, ¿cómo podría existir la guerra, si cada derecho humano
fuera respetado? El respeto integral de los derechos humanos es el camino más
seguro para estrechar relaciones sólidas entre los Estados. La cultura de los
derechos humanos no puede ser sino cultura de paz. Toda violación de los mismos
contiene en sí el germen de un posible conflicto. Ya mi venerado Predecesor, el
Siervo de Dios Pío XII, al final de la segunda Guerra mundial, hacía la
pregunta: « Cuando un pueblo es expulsado por la fuerza, ¿quién tendría el valor
de prometer seguridad al resto del mundo en el contexto de una paz duradera? ».
Tiempo de opciones, tiempo de esperanza.
13. El nuevo milenio está ya a las puertas y su cercanía ha
alimentado en los corazones de muchos la esperanza de un mundo más justo y
solidario. Es una aspiración que puede, más aún, debe ser llevada a término.
En esta perspectiva me dirijo ahora en particular a todos
vosotros, queridos hermanos y hermanas en Cristo, que en las distintas partes
del mundo tomáis el Evangelio como norma de vida: ¡haceos heraldos de la
dignidad del hombre!. La fe nos enseña que toda persona ha sido creada a imagen y
semejanza de Dios. Ante el rechazo del hombre, el amor del Padre celestial
permanece fiel; su amor no tiene fronteras. Él ha enviado a su Hijo Jesús para
redimir a cada persona, restituyéndole su plena dignidad. Ante tal actitud, ¿cómo podríamos excluir a alguno de
nuestra atención? Al contrario, debemos reconocer a Cristo en los más pobres y
marginados, a los que la Eucaristía, comunión con el cuerpo y la sangre de
Cristo ofrecidos por nosotros, nos compromete a servir. Como indica claramente la parábola del rico, que
quedará siempre sin nombre, y del pobre llamado Lázaro, « en el fuerte contraste
entre ricos insensibles y pobres necesitados de todo, Dios está de parte de
estos últimos ». También nosotros
debemos ponernos de esta parte.El tercero y último año de preparación al Jubileo está marcado por una peregrinación espiritual hacia el Padre: cada uno está invitado a un camino de auténtica conversión, que comporta el abandono del mal y la positiva elección del bien. Ya en el umbral del Año 2000, es deber nuestro tutelar con renovado empeño la dignidad de los pobres y de los marginados y reconocer concretamente los derechos de los que no tienen derechos. Elevemos juntos la voz por ellos, viviendo en plenitud la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos. Es éste el espíritu del Jubileo ya inminente.
Jesús nos ha enseñado a llamar a Dios con el nombre de Padre, Abbá, revelándonos así la profundidad de nuestra relación con él. Su amor por cada persona y por toda la humanidad es infinito y eterno. Son elocuentes a este propósito las palabras de Dios en el libro del profeta Isaías:
« ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho,
sin compadecerse del hijo de sus entrañas?
Pues aunque ésas llegasen a olvidar,
yo no te olvido.
Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuada » (Is. 49, 15-16).
sin compadecerse del hijo de sus entrañas?
Pues aunque ésas llegasen a olvidar,
yo no te olvido.
Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuada » (Is. 49, 15-16).
¡Aceptemos la invitación a compartir este amor!. En él está el
secreto del respeto de los derechos de cada mujer y de cada hombre. El alba del
nuevo milenio nos encontrará así mejor dispuestos para construir juntos la
paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 1998.
JUAN PABLO II
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BIBLIOGRAFÍA:
- "10 Mensajes para la paz 1999-2008"
Justicia y Paz España
Editado por CÁRITAS ESPAÑOLA
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