Fernando Redondo Benito destaca por su versatilidad como poeta, investigador y narrador social, comprometido con causas como la justicia social, la defensa de los derechos humanos y la cooperación internacional para el desarrollo.
Es autor habitual en la Revista Vida Nueva Digital, donde aborda temas de gran actualidad como la pobreza, migración, y el proceso misionero desde una perspectiva humanista y cristiana.No es una
exageración, es una alarma moral. Frente a propuestas que pretenden deportar a
millones de migrantes, el Evangelio no permite la neutralidad. La dignidad
humana está en juego, y la responsabilidad política, también. El tiempo de los
matices ha terminado.
En las
últimas horas y días, hemos escuchado, de forma abierta y sin tapujos,
propuestas que hace unos años habrían sido impensables en democracia: expulsar
a millones de personas migrantes, incluyendo a quienes han nacido aquí, quienes
trabajan y contribuyen cada día, quienes ya forman parte del tejido social. No
son opiniones marginales. Son políticas defendidas con total convicción desde
tribunas parlamentarias, con apoyo social y eco mediático.
Y frente
a eso, se impone una verdad incómoda: callar es complicidad.
No hay
forma de mirar hacia otro lado sin mancharse las manos. No hay neutralidad
posible cuando lo que está en juego es la vida, la seguridad y la dignidad de
millones. Esta no es una discusión técnica sobre políticas migratorias. Es una
disputa ética, espiritual y profundamente política sobre qué tipo de sociedad
queremos construir.
El Evangelio no es un eslogan.
El seguimiento
de Jesús no se resume en creencias abstractas. Se concreta en la forma en que
nos relacionamos con los más vulnerables. La fe no se practica solo en la
intimidad ni en el templo. Se verifica y se juzga en el lugar donde la
injusticia se organiza y el poder se convierte en arma.
Cuando un
proyecto político propone “repatriar” a millones de personas, muchas de ellas
con residencia legal, muchas nacidas aquí, lo que está diciendo es que sus
vidas valen menos. Que su contribución no es suficiente. Que su color de piel,
su idioma o sus orígenes les hacen prescindibles.
Y ante
eso, los cristianos no podemos mantenernos en silencio sin traicionar lo más
esencial de nuestra fe.
Jesús se
identificó directamente con los extranjeros, los pequeños, los marginados. “Lo
que hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis”. No dijo “con los
ciudadanos”, ni “con los legales”. Dijo “con el más pequeño”.
Eso no es
poesía. Es dirección. Es exigencia. Es mandato.
La
política debe rendir cuentas a la dignidad.
Quienes
promueven estas propuestas saben lo que hacen. No es ignorancia, es estrategia.
El odio funciona. Señalar al diferente crea unidad barata. La mentira del “nos
están invadiendo” es rentable electoralmente. Y lo será mientras no seamos lo
suficientemente valientes para desmontarla con hechos, con testimonio y con una
política que tenga como base la justicia, no la exclusión.
No
podemos seguir hablando de seguridad sin hablar de la inseguridad que provoca
vivir con miedo a ser deportado. No podemos hablar de “orden” si ese orden
consiste en barrer seres humanos fuera del marco de derechos. No se puede
construir sociedad desde el desprecio.
Quienes
tienen responsabilidades públicas, en todos los niveles, deben dejar claro que
no todo vale por un puñado de votos. Que ninguna democracia puede tolerar la
legalización del odio. Que hay límites éticos que no se pueden cruzar sin
perder el alma del proyecto democrático.
Y quienes
nos movemos desde valores de fe, debemos ser aún más tajantes: si el Evangelio
nos ha transformado, no podemos defender propuestas que deshumanizan. Si
decimos que Cristo es Señor, no podemos guardar silencio cuando quienes llevan
su rostro son expulsados.
¿Dónde están los valores cuando más se necesitan?.
Se habla
mucho de “recuperar valores”. Pero cuando esos valores deberían ponerse de pie,
se esconden. Si creemos en la dignidad humana, no hay circunstancia que
justifique el racismo institucional. Si creemos en la justicia, no podemos
justificar leyes que castigan la pobreza. Si creemos en el amor al prójimo,
entonces toda persona migrante es prójimo. Y su dignidad, innegociable.
La
propuesta de expulsar millones de personas no es una propuesta política
legítima. Es un acto de barbarie planificado. Es un intento de reinstalar un
régimen de miedo, de exclusión y de supremacía disfrazado de legalidad. Y no
basta con indignarse: hay que enfrentarlo. En el Congreso. En las calles. En
las iglesias. En los medios. En nuestras comunidades.
Porque si
la política no pone freno, tendremos que ser las conciencias las que lo pongan.
Una
comunidad de fe que se compromete o fracasa.
El
testimonio cristiano no puede reducirse a discursos ni a declaraciones. El
Evangelio llama a una presencia concreta, arriesgada, solidaria y activa. Eso
significa defender derechos, acompañar jurídicamente, organizar redes de
acogida, construir alianzas, abrir hogares, denunciar abusos, proteger vidas.
Significa comprometerse públicamente, sin temor a pagar el precio.
No hay tiempo para lamentos simbólicos ni posturas “equilibradas”. Este es el momento en que se mide nuestra fidelidad, no a una doctrina abstracta, sino al Dios que se encarnó en los descartados.
Jesús no
fundó una religión para acomodados, sino un movimiento de transformación
radical desde abajo. Su cruz no fue un símbolo: fue consecuencia de haberse
puesto del lado de los que no cabían en el sistema. Hoy, esa misma lógica nos
interpela: o estamos con los que son amenazados, o somos cómplices del que
amenaza.
El
Evangelio no nos permite la indiferencia. Ni frente al sufrimiento ni frente a
la injusticia organizada. Cuando un partido propone expulsar al extranjero, no
habla solo de política migratoria. Habla de quién merece vivir con derechos y
quién no. Y eso nos obliga a elegir.
Expulsar al extranjero es expulsar a Cristo. Y seguir a Cristo, en este tiempo, es ponerse de pie contra la exclusión, el odio y la mentira. Es gritar dignidad donde otros siembran miedo. Es hacer política desde la esperanza, no desde la violencia. Es proteger, acoger, amar… y jamás, jamás, desechar.
A lo largo del artículo me he preguntado ¿donde está mi coherencia?
ResponderEliminarEntendemos que tu pregunta es una autocrítica y aunque podamos estar lejos de "lo que debiera ser" el reconocer nuestras fallas o lagunas... es ya un paso adelante hacia esa coherencia. Gracias por tu aporte.
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