martes, 14 de julio de 2026

Trata de personas. JyP Alicante (VIII). "¿Cómo valoramos los cristianos la trata de personas?"

Llega el momento de analizar a fondo no sólo la REALIDAD (lo que hemos visto en los 7 capítulos anteriores) sino también nuestra COHERENCIA con nuestro ser cristianos, miembros de la Iglesia.

¿Cómo valoramos los cristianos la trata de personas?.

¿Cómo ve la Iglesia, cómo vemos los cristianos, toda esta realidad que acabamos de describir de la trata de personas con fines de explotación sexual?.

Tenemos en cuenta para esta valoración la Palabra de Dios que, para los creyentes, «es una lámpara y una luz en mi cami­no» (Salmo 119,105), la palabra autorizada de la misma Igle­sia a través de sus pastores (el magisterio eclesial) y la misma vida y actuación de los auténticos cristianos que encarnan en cada momento de la historia la Palabra de Dios y el sentir de la Iglesia.

Ante la ignorancia que hay sobre este tema (papa Francisco, Jornada Mundial de Reflexión contra la Trata de Personas, 12 febrero 2018), se hace palpable que no es posible tener una valoración sin un conocimiento del asunto. No es ético mirar a otro lado. Lo correcto es abrir los ojos para ver las cosas como son, y al mirar, mirar como Dios mismo mira. Al no mirar no captamos la gravedad de la situación. Al no mirar con los ojos de Dios no valoramos ni sentimos adecuada­mente lo que está pasando. Pero cuesta mirar porque «toca de cerca nuestras conciencias, porque es escabroso y porque provoca vergüenza». También están los que «conociéndolo, no quieren hablar porque se encuentran en la cúspide del ‘hilo de consumo’ como consumidores de ‘servicios’ que se ofrecen en la calle o en Internet». (Papa Francisco 12 febrero 2018).

Mirar como Dios mira, mirar como Jesús mira, descalifica una mirada superficial, indiferente o impersonal. Jesús miraba a la cara, miraba al corazón, buscaba el encuentro con el otro. Mirar como Dios mira a estas personas exige actitudes básicas como el amor, el respeto, la compasión por tanto dolor provo­cado y la indignación por cuanto tiene de injusticia evitable («El drama humano y moral del tráfico de mujeres» , CEE, 21 de abril de 2001). Por eso el papa Francisco nos invita, en la Jornada de Reflexión contra la Trata, a promover una cultura del encuentro, nos anima a no tener miedo: «El encuentro con el otro produce, naturalmente, un cambio, pero no hay que tener miedo a ese cambio. Siempre será para mejor».

He aquí el testimonio de un encuentro. Habla sor Eugenia Bonetti, misionera de la Consolata (Vida Nueva, 26 de mar­zo de 2006, p.8):

«Fue un encuentro con una prostituta. Era un día lluvioso y frío en Turín, el 2 de noviembre de 1993. Trabajaba en Cáritas desde hacía unos meses, tras mi vuelta de África. Salía para ir a misa y, en ese momento, entró una mujer africana con un certificado médico. De su comportamiento, y del modo de vestir, deduje que podía ser una de las mujeres que se ven obligadas a vender su cuerpo. Me sentí incómoda, le respondí cuatro cosas y quise marcharme. Estaba nerviosa. Ella me ex­plicó que era madre de tres niños, que había dejado en Nige­ria. Vi que necesitaba ser operada, pero no tenía papeles. Yo estaba desconcertada y me incomodaba pensar que iba a lle­gar tarde a misa. En aquel momento, la misa era para mí más importante que los problemas de María -ese era su nombre-. Vino conmigo, se quedó arrodillada en el último banco de la iglesia y se la oía llorar. Me coloqué más adelante y no podía rezar. Me acordé de la parábola del fariseo y el publicano y pensé con qué frecuencia había pensado que yo, religiosa y misionera, era mejor que muchas mujeres obligadas a trabajar en la calle. Aquella noche la pasé en blanco. Me enfrenté a mi misterio pascual. Eugenia, ¿dónde está tu hermana? Aquel encuentro cuestionó mi vida, mi vocación, mis valores».

En este encuentro se experimenta la verdad del principio bási­co de la Doctrina Social de la Iglesia que es la clave cristiana a aplicar en esta cuestión: la dignidad y el carácter sagrado de la persona humana. Toda persona es «imagen y semejanza de Dios» (Gen 1, 26), «redimida por Cristo», «amada por Dios de un modo único y personal». La persona es el centro y la clave del ordenamiento social. El hombre vale por lo que es, no por lo que tiene o lo que hace, y es sujeto de derechos in­alienables.

Este principio pone un límite a la práctica del mercado, porque hay realidades que no se pueden vender y comprar, y define también la orientación del trabajo que debe contribuir a la realización de la persona y a la cooperación con la obra creadora de Dios. Una organización laboral que convierte a la persona en mercancía y le impide desarrollar su libertad, creatividad y su sentido comunitario y fraternal, e incluso se convierte en un abuso o una agresión a los más débiles como es el caso de las mujeres, de los niños y de los pobres en gen­eral, no corresponde con los planes de Dios.

Todo esto nos recuerda las fuertes críticas que aparecen en el Antiguo Testamento en el que Dios rechaza la humillación y el maltrato de los migrantes, la opresión, la explotación y nos muestra cómo se debe ayudar al prójimo. Los profetas son muy expresivos:

  • Amós: «Venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias» (Am, 2,6).
  • Isaías: «¡Ay de los que decretan decretos inicuos…, dejan sin defensa al desvalido y niegan sus derechos a los pobres de mi pueblo!» (Is 5, 8; 10, 1).

También el Nuevo Testamento en el que tanto Jesús como las primeras comunidades se dedicaron decididamente a los marginados y excluidos y representan una alternativa de aco­gida, dignificación y promoción para todos. Jesús defiende a la mujer adúltera de la hipócrita acusación de los escribas y fariseos (Jn 8, 1-11), nos recuerda que se identifica con los más necesitados, «Fui forastero y me acogisteis» (Mt 25, 35), y afirma que «Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia» (Jn 10, 10).

En la bienvenida a 17 nuevos embajadores ante la Santa Sede el 12 de diciembre de 2013 decía el papa Francisco, al hablar de la plaga de la trata de personas, que «los cristianos recono­cemos el rostro de Jesucristo, que se ha identificado con los más pequeños y los más necesitados. Otros, que no se refieren a la fe religiosa, en nombre de la común humanidad, compar­ten la compasión por su sufrimiento, con el compromiso de liberarlos y de aliviar sus heridas». En otra ocasión habla el papa de la trata como herida abierta de Cristo.

Esta herida de Cristo no es sólo personal o individual sino también social porque todo este fenómeno sucede en una re­lación estrecha con otros hechos sociales como la prostitu­ción, el comercio de drogas y de armas, la pobreza, violencia y conflictos bélicos en los lugares de origen, la mendicidad y el tráfico interno. Hay factores más globales que alimentan esta situación como son la sociedad consumista, el machismo, el hedonismo, la banalización de la sexualidad o la tolerancia social y legal con las redes de tráfico. En algunas sociedades también hay que tener en cuenta la consideración de la mujer como objeto de placer al servicio del instinto sexual machista, o la visión distorsionada de la misión y dignidad de la mujer.

Los calificativos que a lo largo de numerosos documentos eclesiales se aplican a la trata de personas están cargados de verdad: abuso contra mujeres y niños, ataque a los más débiles y vulnerables, violencia de género, esclavitud, macronegocio inmoral, vergüenza, relación sexual inhumana (sin libertad ni amor), actividad innoble, demanda hipócrita, violación de derechos, vulneración de bienes jurídicos personales, trato degradante e inhumano, desigualdad e injusticia norte-sur, estructura social de pecado, indignidad múltiple

Calificativos que se dirigen a los distintos actores de esta triste historia: traficantes de personas, clientes de los servicios se­xuales, responsables sociales, económicos y políticos que no responden adecuadamente al problema, medios de comuni­cación y sociedad en general que tolera pasivamente esta si­tuación.

Esta valoración que brota desde una mirada evangélica es a la vez una llamada a vivir unas actitudes: preocupación, indig­nación, sentido crítico, solidaridad, abandono y denuncia de la complicidad y de la mentira de falsas promesas, inquietud por la recuperación de valores, deseo de cambios sociales y culturales, acogida a las victimas…, y a una conducta y a un compromiso que sean coherentes con estas actitudes y esta situación. Dios nos habla desde la vida de estas mujeres y estas niñas y nosotros hemos de responder con nuestra acción y con nuestra vida.

Desde ahí se entiende el POSICIONAMIENTO a favor de las víctimas, del reciente Informe de entidades de la Iglesia Española (CONFER, Cáritas, Justicia y Paz y Secretariado de Comisiones Episcopales de Migraciones y Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Española), en el que afirman:

- El fenómeno globalizado de la trata de personas con fines de explotación sexual es una gravísima violación de los derechos humanos, que reduce al ser humano, creado a imagen y seme­janza de Dios, a un estado de servidumbre y esclavitud.

Y continúan denunciando que:

  • La información y la toma de conciencia sobre la realidad de la trata y de sus víctimas es muy limitada.
  • La vinculación de este fenómeno con la entrada y estancia de inmigrantes en situación administrativa irregular pone en riesgo la defensa de los derechos de las víctimas.
  • Las políticas públicas no proporcionan siempre respues­tas adecuadas a la realidad de las víctimas y no actúan sobre las causas estructurales del fenómeno de la trata.
  • Las medidas establecidas de protección y asistencia a las víctimas son todavía insuficientes para garantizar el res­peto de sus derechos.
  • La coordinación con los demás actores involucrados es muchas veces escasa y no efectiva.

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