lunes, 13 de julio de 2026

Trata de personas. JyP Alicante (VII). "El entorno permisivo. Testimomonio".

(Continuación de: Trata de personas. JyP Alicante (VI). "Consecuencias de la trata. Dimensión humana").

El entorno permisivo para la trata de personas.

La prostitución, actividad no legal, como hemos visto está ampliamente establecida:

La prostitución no ha sido contemplada por el ordenamiento jurídico español, salvo en relación con su conexión con di­versas conductas tipificadas en el Código Penal: prostitución coactiva, explotación de la prostitución ajena, explotación se­xual, delitos contra los derechos de trabajadores extranjeros, trata de seres humanos, tráfico de inmigrantes, delitos contra la libertad sexual, blanqueo de dinero, etc.

Todos hemos pasado por delante de clubs de alterne o hemos visto mujeres ofreciendo sus servicios en determinadas calles o en las cunetas de las carreteras. La mayoría de estas mujeres son víctimas de trata y están a nuestro lado.

Cabe denunciar a otros actores que contribuyen al negocio: varios son los periódicos que se financian en parte a través de anuncios de servicios sexuales (Información de Alicante los ha suprimido recientemente); también vemos estos anuncios en algunos de los taxis que circulan por nuestras ciudades. Algunos abogados se dedican a proteger a los proxenetas, al­gunos policías se benefician del silencio cómplice. El negocio del sexo no es delito ni su publicidad tampoco, pero la trata de personas se retroalimenta también gracias a estas prácticas.

Parece que hoy en día los servicios sexuales de pago no están mal vistos. Muchas fiestas terminan en clubs o contratando mujeres. En algunos cumpleaños el regalo final de fiesta es un servicio sexual pagado por los amigos. En el centro de la ciu­dad de Alicante se ha puesto de moda el «tardeo» que consiste en tomar copas desde después del mediodía. En esta zona em­piezan a proliferar pisos donde se ofrecen servicios sexuales. La prostitución es también una nueva forma de ocio.

Testimonio.

Te dicen que te llamas Beauty. Y tú aceptas, aunque en reali­dad sea otro tu nombre. Después de todo, desde que mataron a tus padres todo son problemas. Y creías que acabarían cuan­do apareció ese hombre que te dijo que era amigo de tu padre, que quería ayudarte, que tenía trabajo para ti. Y en Europa.

Y tú querías salir, ver mundo, crecer, trabajar, aprender. Así que aceptaste y prometiste a Ayelala, la diosa guardiana de la moral, que devolverías hasta la última moneda. Te entregaste al ritual del juju y estabas ilusionada y feliz. Ya tenías protec­ción. Todo estaba listo para la gran aventura.

Hoy, en Benin City, tu ciudad natal, hay casas, calles enteras, hasta iglesias pagadas con las remesas de la trata.

¿Entonces tú qué sabías?. Entonces, hace nada, eras una niña. Una semana después ya te llamas Beauty y estás en camino a Europa.

El amigo de tu padre te dice: «Soy tu marido». Hasta que lle­gues a tu destino tienes que obedecerle. Eres suya. Luego oirás las historias de otras mujeres y sabrás que, al menos, fuiste solo suya. Así, durante el viaje solo te viola él. Pero llegáis a Marruecos y te obliga a acostarte con aquel policía, que es solo el primero. Luego vendrán muchos hombres más. «Mientras estemos aquí», te dice, «hay que pagar los gastos». La deu­da crece cada día. Y menciona una cantidad que no sabes ni calcular. Eso es mucho dinero. No te tiene que recordar qué ocurrirá si no pagas. El juju.

Las víctimas de trata nigerianas son controladas a través del juju. En este ritual se sella un contrato espiritual que funcio­na a miles de kilómetros de distancia. El miedo a romper las promesas rituales, y el daño que ello puede conllevar para ti o tu familia, es tan grande, tan real, tan profundo, que hace innecesario otro control y blinda el silencio. Tienes que hacer lo que te dicen. Solo cuando hayas pagado volverás a ser libre.

Han pasado 17 meses desde que saliste de Nigeria. Y esta no­che embarcas hacia España, en una barcaza de goma. Y no sabes nadar, y hace mucho frío. «Este es tu hijo», te dicen. Pero realmente el bebé es de esa chica que sube a la patera con otro niño, idéntico. La violaron y ha tenido gemelos. Piensas que van a descubriros.

Llegas a la costa aterida y aterrada. Pero los blancos no se dan cuenta. De momento todo va tal y como se había ideado. Han creído que es tu hijo y por eso no te devuelven a Marruecos. Os llevan a un albergue. El plan estará completo cuando vuel­van a buscarte, se lleven al niño (no sabes si con su madre) y a ti te conduzcan a tu destino, al lugar donde tendrás que prostituirte para pagar tu deuda. «No tienes papeles», te di­cen. «Así que es lo único que podrás hacer».

Hoy el truco de los bebés ya no se emplea porque los tratantes saben que a las mujeres les harán pruebas de ADN para de­mostrar que son las madres de esos niños y niñas.

Hoy te obligarían a hacer cualquier otra cosa. Y no podrías negarte.

Pero algo sale mal. Dos días después estás en comisaría. Te presentan a tu abogado. Te llevan ante una jueza. La madre del bebé te ha denunciado. Los policías piden prisión preventiva. Pasas nueve meses en la cárcel, hasta que el abogado te explica que ha llegado el día de tu juicio y que quedarás libre si acep­tas que amenazaste a esa mujer. Tú no lo hiciste, pero firmas.

Lo de la libertad no era cierto. Te han vuelto a recluir. La poli­cía te estaba esperando en la puerta de la cárcel. Te han traído a un lugar aún peor, que llaman Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE), para expulsarte a Nigeria. La noticia te des­troza. No tienes ni uno de los miles de euros que dicen que debes. No has podido trabajar. No puedes cancelar tu deuda. Te pasarán cosas horribles si regresas porque no has cumpli­do la promesa hecha en el ritual del juju. No puedes volver. Ahora no.

Te derrumbas. Decides hablar. Suplicas que no te echen. Cuentas tu historia. Te escuchan. Te creen. Te ofrecen pro­tección. Por fin has tenido algo de suerte. A la mayoría de las víctimas de trata nadie las cree y se quedan sin identificar.

Y ahora pides a la justicia que revise aquella condena. La ley es clara: no se puede castigar a las víctimas de trata por lo que los tratantes les hayan obligado a hacer. Nada podrá compensarte por el trato que te dieron, por la angustia de tus días de encie­rro. Pero quieres que reconozcan el error. Quieres que pidan perdón. Y, sobre todo, quieres que las cosas cambien.

Aún hoy muchas mujeres víctimas de trata no son identifica­das, por lo que son encarceladas por los delitos que la red les obliga a cometer. Muchas son recluidas en un CIE y deporta­das. Muchas acaban de nuevo en la red de trata. O muertas.

Beauty es un nombre ficticio. Todo lo demás es cierto

(Testimonio obtenido de el diario.es el 14/7/2017).

Para ver el documento completo, pinchar AQUÍ

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CUESTIONES PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO:

  • ¿Cuál es nuestra reacción ante las personas que ejercen la prostitución?, ¿qué pensamos de ellas?, ¿qué hacemos?.
  • ¿Qué respuesta debiera ser la nuestra, de las instituciones que, supuestamente, deben velar por el cumplimiento de los DD.HH.?.
  • ¿Cómo visibilizar, denunciar el problema al mismo tiempo que ofrecemos verdadera protección a las personas víctimas de trata?.

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