Jn. 6,1-15 (Para el domingo 29 de julio de 2018).
El
episodio de la multiplicación de los panes gozó de gran popularidad entre los
seguidores de Jesús. Todos los evangelistas lo recuerdan. Seguramente, les
conmovía pensar que aquel hombre de Dios se había preocupado de alimentar a una
muchedumbre que se había quedado sin lo necesario para comer.
Según
la versión de Juan, el primero que piensa en el hambre de aquel gentío que ha
acudido a escucharlo es Jesús. Esta gente necesita comer; hay que hacer algo
por ellos. Así era Jesús. Vivía pensando en las necesidades básicas del ser
humano.
Felipe
le hace ver que no tienen dinero. Entre los discípulos, todos son pobres: no
pueden comprar pan para tantos. Jesús lo sabe. Los que tienen dinero no
resolverán nunca el problema del hambre en el mundo. Se necesita algo más que
dinero.
Jesús
les va a ayudar a vislumbrar un camino diferente. Antes que nada, es necesario
que nadie acapare lo suyo para sí mismo si hay otros que pasan hambre. Sus
discípulos tendrán que aprender a poner a disposición de los hambrientos lo que
tengan, aunque solo sea «cinco panes de cebada y un par de peces».
La
actitud de Jesús es la más sencilla y humana que podemos imaginar. Pero, ¿quién
nos va enseñar a nosotros a compartir, si sólo sabemos comprar?. ¿Quién nos va a
liberar de nuestra indiferencia ante los que mueren de hambre?. ¿Hay algo que
nos pueda hacer más humanos?. ¿Se producirá algún día ese «milagro» de la
solidaridad real entre todos?.

Al
compartir el pan de la eucaristía, los primeros cristianos se sentían
alimentados por Cristo resucitado, pero, al mismo tiempo, recordaban el gesto
de Jesús y compartían sus bienes con los más necesitados. Se sentían hermanos.
No habían olvidado todavía el Espíritu de Jesús.
José
Antonio Pagola
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