viernes, 18 de septiembre de 2026

“Dios te sueña mejor”: la Merced ante la condena de quedar reducido al pasado (I)

Fernando Redondo Benito

La puerta de una prisión modifica la mirada antes incluso de que uno haya tenido tiempo de ordenar lo que siente. Basta el ruido metálico de un cierre, la sucesión de controles, la espera, esa conciencia inmediata de que allí el tiempo pesa de otra manera. El 10 de junio de 2026 León XIV cruzó la puerta del Centro Penitenciario Brians 1, en Barcelona. Había transcurrido menos de un mes desde la publicación de ‘Magnifica humanitas’. Una encíclica escrita para interrogar el modo en que comprendemos al ser humano en una época seducida por la capacidad de medirlo, clasificarlo y predecirlo entraba así en uno de los lugares donde una persona corre mayor peligro de quedar explicada únicamente por aquello que hizo.

Dentro de una cárcel se sabe mucho de alguien. Hay delito, sentencia, antecedentes, informes, valoraciones, fechas, clasificaciones, conductas observadas. Debe ser así. La justicia necesita rigor y las Instituciones Penitenciarias necesitan instrumentos serios para custodiar, tratar, evaluar y preparar, cuando corresponde, el regreso a la sociedad. Pero todo ese conocimiento, por necesario que sea, tropieza al final con una frontera. Puede decir mucho de lo ocurrido y bastante de la situación presente; no puede afirmar con absoluta certeza quién será mañana ese hombre o esa mujer. En Brians 1, León XIV formuló esa frontera con unas palabras que deberían acompañarnos mucho más allá de una visita pontificia: “Dios te ama como eres, pero te sueña mejor”.

La frase podría deteriorarse enseguida si la dejáramos convertida en consuelo. No lo es. Encierra una antropología exigente. “Te ama como eres” quiere decir que ninguna culpa consigue cancelar la dignidad de una persona; “te sueña mejor” recuerda que esa dignidad no sirve para instalarse en la autocomplacencia. Dios no ama una ficción inocente ni una versión convenientemente rebajada de nuestra responsabilidad. Ama al hombre concreto, con la verdad entera de lo que ha sido, y precisamente por eso lo llama a no permanecer sometido a aquello que lo degradó. La misericordia cristiana no rebaja el listón moral: devuelve al ser humano la posibilidad de responder.

Ahí encuentro una de las aportaciones más hondas de Magnifica humanitas al ámbito penitenciario. León XIV afirma que “el futuro de una persona no es calculable” y lo hace en un pasaje donde distingue la lógica del algoritmo de la experiencia humana. Para una máquina, el error es una anomalía que debe corregirse; en una persona, puede llegar a convertirse en el comienzo de un cambio profundo. Dentro de una prisión esta afirmación pierde cualquier apariencia abstracta. El pasado está escrito, juzgado y documentado. No puede borrarse ni sería justo intentarlo. Sin embargo, otra cosa muy distinta es convertir lo que alguien hizo en una profecía irreversible sobre todo lo que podrá hacer después.

Entre puntos y comas.

Tenemos una peligrosa facilidad para poner puntos finales sobre las vidas ajenas. Alguien roba, agrede, mata, reincide, cae, y llega un momento en que dejamos de nombrar una acción para convertirla en identidad. Ya no decimos qué hizo, sino qué es. El verbo se vuelve sustantivo, el sustantivo acaba ocupando toda la biografía y, al final, colocamos el punto con una seguridad que raramente aceptaríamos si el texto fuera el nuestro. La vida, sin embargo, se escribe con una puntuación bastante más compleja. Hay comas que obligan a detenerse y asumir lo ocurrido; dos puntos después de acontecimientos que modifican todo cuanto viene detrás; puntos y coma que reconocen una fractura sin liquidar la oración; puntos y seguido que no borran lo anterior, pero permiten continuar. También existen puntos finales, porque hay pérdidas irreparables y daños que ninguna palabra devuelve a su estado anterior. Precisamente por respeto a esos finales reales deberíamos ser mucho más prudentes a la hora de inventar otros.

La cárcel conoce bien esa gramática. Una condena introduce una ruptura porque hubo un hecho que reclamó la respuesta de la justicia. La víctima debe permanecer en el centro de cualquier reflexión honesta sobre esa realidad. Hay delitos que han roto familias, alterado vidas, dejado ausencias que no regresan y heridas que acompañarán durante años. Ninguna pastoral puede acercarse al culpable pasando de puntillas sobre ese sufrimiento. Al contrario, la reinserción empieza a adquirir verdad cuando quien causó el daño puede dejar de contemplar únicamente su propia historia para descubrir también la historia que su acción abrió en otros.

Por eso me parece tan fecunda la conversación que Magnifica humanitas propone al hablar de una justicia con dimensión reparadora. Aquí la justicia restaurativa ofrece una vía de enorme interés. No porque sustituya sin más a la justicia penal ni porque toda situación pueda resolverse mediante un encuentro personal, sino porque obliga a formular preguntas que la mera lógica del castigo no agota. ¿Quién ha sido herido?. ¿Qué daño se produjo realmente?. ¿Qué responsabilidad debe asumir quien lo causó?. ¿Qué puede repararse?. ¿Qué tiene que cambiar para que el delito no siga extendiendo sus consecuencias sobre el futuro?.

Justicia restaurativa. 

La justicia restaurativa posee una fuerza moral particular porque obliga a abandonar la comodidad de las abstracciones. El delito deja de ser sólo el quebrantamiento de una norma y vuelve a tener rostros. La víctima puede expresar aquello que una sentencia no siempre alcanza a recoger. Quien cometió el daño se enfrenta a algo más exigente que cumplir una cantidad de años: comprender qué produjo su conducta. La comunidad descubre también que el delito no ocurre en un vacío social y que la reintegración no puede descargarse enteramente sobre una administración pública.

El Evangelio tiene una escena extraordinaria para comprender esta idea de reparación. Zaqueo no queda transformado porque Jesús pronuncie sobre él una absolución sentimental. La entrada de Cristo en su casa altera la manera en que se relaciona con lo que ha hecho, con lo que posee y con quienes han sufrido sus abusos. La conversión adquiere forma concreta: devolver, compensar, ordenar de otra manera aquello que estaba torcido. El Evangelio no le ofrece un pasado distinto; le entrega la posibilidad de responder de otro modo a partir de ese pasado. Ahí hay una intuición profundamente restaurativa. La gracia no convierte en inexistente el daño. Lo transforma en responsabilidad.

Cumplir una condena y asumir la propia historia tampoco son la misma cosa. Una puede medirse con exactitud; la otra necesita conciencia, tiempo y verdad. En mi experiencia en Pastoral Penitenciaria, uno de los momentos más hondos aparece cuando una persona empieza a contar su historia de manera diferente. Al principio suelen ocupar mucho espacio las heridas recibidas, la infancia, las compañías, la droga, las decisiones de otros, la violencia conocida demasiado pronto. Muchas de esas historias son reales y algunas resultan estremecedoras. Escucharlas importa. Comprender de dónde viene alguien puede ser indispensable para ayudarlo a cambiar. Pero llega un momento, si el proceso madura, en que la pregunta deja de ser únicamente “qué me ocurrió” y empieza a convertirse en “qué hice yo con todo aquello”.

Lázaro y la reinserción.

Ese cambio de pregunta devuelve a la persona una enorme estatura moral. Deja de ser únicamente el resultado de sus circunstancias y recupera la capacidad de responder. He visto cómo alguien que durante mucho tiempo había elaborado una arquitectura perfecta de justificaciones empezaba, casi con pudor, a hablar de reparación. He visto internos descubrir el estudio, el trabajo bien hecho, la lectura, la música, el arte o una manera nueva de ejercer la paternidad. He visto personas sorprender para bien cuando casi nadie esperaba ya demasiado de ellas. Y esas experiencias enseñan a desconfiar de algo muy extendido fuera de la cárcel: nuestra facilidad para creernos expertos en el futuro de los demás.

Aquí el relato de Lázaro adquiere una fuerza extraordinaria. Cuando sale del sepulcro, está vivo, pero continúa atado de pies y manos. Jesús no hace desaparecer las vendas. Se vuelve hacia quienes están allí y les dice: Desatadlo y dejadlo andar (Jn 11,44). Siempre me ha parecido una de las frases más eclesiales del Evangelio. Hay cosas que sólo Dios puede hacer y hay otras que confía a la comunidad. La vida ha regresado, pero para que pueda caminar alguien tiene que retirar aquello que todavía la mantiene ligada.

La reinserción posee mucho de esa imagen. La puerta se abre, la condena termina, la persona recupera la libertad jurídica y, sin embargo, todavía quedan vendas. Antecedentes, precariedad, relaciones rotas, miedo, adicciones, desconfianza social, falta de trabajo, fragilidad familiar, soledad. Algunas son interiores y otras se las coloca una sociedad que proclama su fe en las segundas oportunidades con bastante más entusiasmo mientras quien las necesita continúa detrás de un muro. Desatadlo y dejadlo andar interpela entonces no sólo al que sale, sino a quienes esperamos fuera.

(CONTINUARÁ). 

Artículo original: https://www.vidanuevadigital.com/tribuna/dios-suena-mejor-merced-condena-reducido-pasado/ 

PARA AMPLIAR:

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO:

  1. ¿Qué ideas destacarías de esta parte del artículo escrito por Don Fernando Redondo Benito?.
  2. ¿Qué imagen de las personas encarceladas tiene la sociedad?. ¿Cómo podría cambiar esa imagen?.
  3. ¿Cómo construir la "justicia restaurativa"?, ¿quiénes tendrían que ser sus agentes y cómo trabajar conjuntamente para hacerla realidad?.
  4. ¿Cómo lograr una inserción social (porque quizás haya personas que nunca estuvieron realmente insertas en la sociedad) o reinserción social efectivas para una persona que ha pasado por la prisión?, ¿qué puede hacer ella?, ¿qué podemos hacer los demás?.

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