martes, 13 de octubre de 2026

Servidores de la paz: Compartir el pan, cuidar la piña

Dice la gente mayor que un árbol no hace monte y que el mar, por muy bravo que esté, se calma cuando nos unimos a remar juntos. En este mundo de hoy, que a veces camina tan de prisa que parece que va a trompicones, ser constructores de paz no es andar buscando milagros en el cielo, sino agacharse a mirar la tierra que pisamos y poner el hombro por el que se ha quedado rezagado.

Muchas personas, mujeres y hombres de fe recia y manos encallecidas, nos enseñan que la paz de verdad no es estar cruzados de brazos esperando que el tiempo escampe. La paz se amasa como el gofio: con paciencia, arrimando el fuego de la justicia y metiendo las manos en la masa de la vida de nuestros hermanos.

A veces nos enriscamos en el egoísmo y pensamos que con salvar nuestro propio peje ya está el día hecho. Pero la vida nos demuestra que, si el vecino lo está pasando mal, a nosotros nos termina doliendo el alma. En el taller, en la oficina, allá donde te ganas el pan con el sudor de tu frente, es donde empieza la tarea. No mires para otro lado cuando veas a un compañero agobiado o sufriendo los arranques de la injusticia. Hacer piña con el que está desamparado, no competir por cuatro perras y defender el derecho de los más chicos es la primera piedra para levantar un mundo más humano.

Reunirse en comunidad es, como sentarse a la sombra de un buen pino canario a compartir lo que llevamos en las alforjas. Hay que ver las necesidades del barrio con los ojos limpios, sin juzgar por encima del hombro; hay que sentir el dolor ajeno en el pecho y, sobre todo, hay que actuar. No vale de nada quejarse a la marea si no estamos dispuestos a arrimar el barco a la orilla para salvar al que se está ahogando. Compartir el tiempo, partir el pan a medias y tener la puerta de la casa abierta para el que viene cansado es lo que el Papa Francisco llama amistad social y lo que nuestros viejos llamaban, simplemente, ser buena gente.

No nos hace falta ser grandes personajes para cambiar la corriente. Somos gente humilde, de aquí abajo, pero la arena de nuestras playas se hace grano a grano. Si tú pones tu ración de bondad, si yo comparto lo mío y si el otro no se calla ante la injusticia, ya estamos sembrando esa paz que tanta falta le hace a la tierra. Al fin y al cabo, el mundo se arregla así: con paciencia, con ternura y queriéndonos un pizco más cada día.

Autor: Jahduarte 8 de Octubre 2026

No hay comentarios:

Publicar un comentario