Este artículo de Carlos Umaña viene titulado originalmente como "Guerra, religión y el abismo nuclear". Nosotros lo titulamos de la manera que ven por razones de mayor objetividad ya que ni siquiera entre los evangélicos hay unanimidad de pensamiento al respecto, aunque algunos de sus líderes reunidos con Donald Trump quieran incluir a todos en su apoyo a la política de D. Trump.
El fervor religioso [de algunos] está
empujando al mundo hacia el borde — y el TPAN es nuestra línea roja.
Las plazas de Irán vuelven a
llenarse de multitudes. Pero esta vez no protestan contra el despiadado régimen
que ha reprimido brutalmente a su propia población; salen a las calles para
apoyar al gobierno frente a la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel.
Lo que vemos no es una
operación quirúrgica ni una estrategia racional. No hay objetivos claros (al
menos no públicamente). Es una guerra sin plan, sin horizonte y sin frenos. En
Washington, las justificaciones cambian como el menú del día: “cambio de
régimen”, “ataque preventivo”, “neutralizar una amenaza nuclear”. La diplomacia
—la herramienta que evita que el mundo se incendie— ha sido sustituida por
impulsos, maximalismo y una peligrosa mezcla de ideología y fe. Ya no es una
semana, sino 8. El marco temporal se expande y nadie habla del “día después”.
Choque de relatos sagrados.A esta desorientación
estratégica se suma un motor ideológico inquietante: el fanatismo religioso que
marca el conflicto como una “guerra santa”. Cuando todos creen tener un mandato
divino y el “otro” es el agente del mal, no hay espacio para la contención.
En Estados Unidos , sectores
influyentes del cristianismo evangélico llevan décadas promoviendo una visión
teológica donde Israel es el escenario del “fin de los tiempos”. Para estos
grupos, apoyar militarmente a Israel no es una decisión estratégica: es un
mandato religioso . Esta visión ha influido en discursos, votaciones y
decisiones de política exterior. Incluso han surgido denuncias de altos mandos
militares interpretando los bombardeos a través del Libro del Apocalipsis, como
pasos hacia el Armagedón y el retorno de Jesucristo. En esta narrativa, Irán
deja de ser un Estado con intereses y contradicciones: se convierte en un
enemigo apocalíptico.
En Israel, el gobierno ha
intensificado el uso de citas bíblicas para justificar la ofensiva. Netanyahu
ha comparado a Irán con los amalecitas, un enemigo ancestral descrito como la
encarnación del mal, lo que convierte este conflicto en una lucha existencial.
Además, parte de la coalición gobernante está formada por partidos
ultranacionalistas y religiosos que ven la guerra como una oportunidad para
reafirmar un proyecto basado en la expansión territorial y en la identidad
étnico-religiosa. La moderación, en este contexto, es una debilidad.
En Irán , el asesinato del
líder supremo ha activado un imaginario religioso profundamente arraigado en el
martirio chiita, que, en vez de quitarle el apoyo al régimen represivo, ha
movilizado a millones de personas a defenderlo, sin temor a la muerte, algo que
podría enmarcarse como una “yihad defensiva”.
En medio de todo esto… armas
nucleares.Aquí es donde el conflicto se
vuelve realmente peligroso.
Dos países armados con armas
nucleares están atacando a uno que no las posee. El irresponsable bombardeo de
las estructuras nucleares iraníes muestra una despreocupación por un posible
desastre radiactivo. Si el conflicto arrastra a otros países nuclearmente
armados, la crisis podría escalar hacia un verdadero “Armagedón nuclear”.
La arquitectura del derecho
internacional, diseñada para evitar exactamente este tipo de escenarios, está
siendo ignorada. La “ley de la selva” se normaliza. Y cuando manda la selva,
las armas nucleares se convierten en la última palabra.
Necesitamos frenar esta
espiral.
En medio de esta creciente
anarquía, España se ha convertido en el bastión occidental que ha condenado
abiertamente la guerra contra Irán. El presidente Pedro Sánchez ha negado a
Estados Unidos el uso de bases conjuntas, defendiendo que “no se puede
responder a una ilegalidad con otra”. Aunque España rechaza la represión del
régimen iraní, también rechaza la vía de las bombas y exige un alto el fuego
inmediato. No se trata de elegir bandos en un conflicto de fanatismos, sino de
defender la legalidad internacional y la resolución pacífica.
El TPAN es nuestra línea roja.
El Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN) no es un lujo moral. Es una necesidad
urgente.
El TPAN:
- declara ilegítimas las armas más
destructivas jamás creadas
- presiona a los Estados poseedores
- ofrece un marco para desmantelar arsenales
- rompe con la lógica suicida de la disuasión
No es simbólico. Es una
salida real del callejón sin salida al que nos empujan el fanatismo, el
nacionalismo religioso y la geopolítica sin control.
La historia no está escrita.
Evitar un desastre nuclear requiere acción, presión pública, diplomacia real y
un compromiso global con el TPAN. Estamos a tiempo.
 | Carlos UMAÑA |