3 Pascua – A (Lucas 24,13-35)
Evangelio del 26 / Abr / 2020
Al pasar los años, en las comunidades
cristianas se fue planteando espontáneamente un problema muy real. Pedro, María
Magdalena y los demás discípulos habían vivido experiencias muy «especiales» de
encuentro con Jesús vivo después de su muerte. Experiencias que a ellos los
llevaron a «creer» en Jesús resucitado.
Pero los que se acercaron más tarde al grupo de seguidores, ¿cómo podían despertar y alimentar esa misma fe?.
Pero los que se acercaron más tarde al grupo de seguidores, ¿cómo podían despertar y alimentar esa misma fe?.
Este es también hoy nuestro problema.
Nosotros no hemos vivido el encuentro con el Resucitado que vivieron los
primeros discípulos. ¿Con qué experiencias podemos contar nosotros?. Esto es lo
que plantea el relato de los discípulos de Emaús.
Los dos caminan hacia sus casas, tristes
y desolados. Su fe en Jesús se ha apagado. Ya no esperan nada de él. Todo ha
sido una ilusión. Jesús, que los sigue sin hacerse notar, los alcanza y camina
con ellos. Lucas expone así la situación: «Jesús se puso a caminar con ellos,
pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo». ¿Qué pueden hacer para
experimentar su presencia viva junto a ellos?.
Lo importante es que estos discípulos no
olvidan a Jesús; «conversan y discuten» sobre él; recuerdan sus «palabras» y
sus «hechos» de gran profeta; dejan que aquel desconocido les vaya explicando
lo ocurrido. Sus ojos no se abren enseguida, pero «su corazón comienza a
arder».
Es lo primero que necesitamos en
nuestras comunidades: recordar a Jesús, ahondar en su mensaje y en su
actuación, meditar en su crucifixión… Si, en algún momento, Jesús nos conmueve,
sus palabras nos llegan hasta dentro y nuestro corazón comienza a arder, es
señal de que nuestra fe se está despertando.
No basta. Según Lucas es necesaria la
experiencia de la cena eucarística. Aunque todavía no saben quién es, los dos
caminantes sienten necesidad de Jesús. Les hace bien su compañía. No quieren
que los deje: «Quédate con nosotros». Lucas lo subraya con gozo: «Jesús entró
para quedarse con ellos». En la cena se les abren los ojos.
Estas son las dos experiencias clave:
sentir que nuestro corazón arde al recordar su mensaje, su actuación y su vida
entera; sentir que, al celebrar la eucaristía, su persona nos alimenta, nos
fortalece y nos consuela. Así crece en la Iglesia la fe en el Resucitado.
José Antonio Pagola
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